Ejemplos ?
¿A qué mies para ella el sol no dora, y no peina la brisa lisonjera las ondas de la rubia, soñadora, ardiente, dilatada cabellera?
También en mi alma soñadora existe una sed misteriosa de viajar, y al mirarte partir, quédome triste: yo también te quisiera acompañar.
Para ella, moral y físicamente, era yo, como amante, el tipo soñado por su fantasía soñadora.— Eres el feo más sim- pático que ha parido madre— solía repetirme,— y yo, franca- mente, como que llegué á i ersuadirme de que no me lison- jeaba.
Los hebreos no vacilaron, al confeccionar su historia religiosa, en robar sus leyendas a la Caldea, soñadora, imaginativa y novelesca.
lla era una muchacha rubia, muy rubia, verdadero tipo de soñadora, con los ojos azules, el cutis pálido y los labios entreabiertos, como si tratasen de ofrecer salida a los suspiros de su pena.
Y se reclinaba, escuchando al pájaro misterioso... Un vértigo nubló de improviso los ojos de la soñadora. Sintió como si en su cabeza entrase una enorme tromba de aire que la asfixiaba.
Recorrieron los fugitivos parte de la inmensa feria, incansables, y mientras el anciano miraba uno a uno todos los puestos, con ojos de investigación utilitaria, buscando algo en que emplear la moneda del niño, la madre, menos práctica tal vez, soñadora, y afectada de inmensa ternura, buscaba algún objeto que sirviera para recreo de la criatura, una frivolidad, un juguete en fin, que juguetes han existido en todo tiempo, y en el antiguo Egipto enredaban los niños con pirámides de piezas constructivas, con esfinges y obeliscos monísimos, y caimanes, áspides de mentirijillas, serpientes, ánades y demonios coronados.
Además, era el novio hombre vulgar y prosaico, una especie de asno con herrajes de oro; y siendo la chica un tanto poética y soñadora, dicho está que, antes de avenirse a ser, no diré la media naranja dulce, pero ni el limón agrio de tal mastuerzo, haría mil y una barrabasadas.
En su rostro marchito, pero de líneas firmes y correctas, había una expresión de gravedad soñadora y sus ojos, donde parecía haberse refugiado la vida iban y venían del caballo al grupo silencioso de sus camaradas, ruinas vivientes que, como máquinas inútiles, la mina lanzaba de cuando en cuando, desde sus hondas profundidades.
Regina era una rubia airosa, aseñoritada como pocas, instruidita, soñadora por naturaleza y también por haber leído bastante historia, novela, versos, cosas de amores...; amén de su afición al teatro, insaciable; no al teatro alegre ni sicalíptico: a los dramas y a las comedias serias y sentimentales.
Yo tenía ya espontáneamente una imaginación romántica y soñadora, y se me acentuaba cada día más con aquellas historias contadas en la oscuridad, por lo que dudo de que aquella práctica me haya resultado beneficiosa; pero el verme mimado por todos, como un juguete, en el dormitorio, y el darme cuenta de la importancia y el atractivo que tenía entre los otros niños (a pesar de ser yo el más pequeño) me estimulaba mucho.
No era Juanito el primero que daba vueltas en la plaza de la Muerte poniendo en blanco los ojos. Inofensivo deporte, desahogo de la soñadora juventud.