Ejemplos ?
Enséñame un hombre que no lo sea: uno sirve a la lujuria, el otro a la avaricia, el otro a la ambición, todos al temor. Yo te mostraré un cónsul sirviendo a una vieja, un rico sirviendo a una sirvienta.
en aquel mismo instante sonó un tiro muy próximo; y como la pobre viuda, que también se había acercado a la ventana, viera a su hija detenerse y tentarse la ropa, lanzó un grito desgarrador, y cayó de rodillas, casi privada de sentido. -¡No diéronle!- ¡No diéronle! -gritaba en tanto la sirvienta-. ¡Ya entra en la casa de enfrente!
Pero ¿cómo? Durante sus años de casado esta terrible preocupación de la sirvienta había constituido una de sus angustias periódicas.
Hacía dos horas y media que estaban sentados a la mesa, pues la sirvienta Artemisa, que arrastraba indolentemente sus zapatillas de paño por el suelo, traía los platos uno a uno, olvidaba todo, no entendía de nada y continuamente dejaba entreabierta la puerta del billar, que batía contra la pared con la punta de su pestillo.
"Si hubiésemos querido -pensaba cada uno-, ¡qué velada más deliciosa habríamos pasado!". La sirvienta cogió los fósforos y encendió fuego.
Mas cuando a los húmedos lugares del blanqueciente litoral se acerca y tierna vio a Atis cerca de los mármoles del piélago, lanza su embestida: ella demente huye a los bosques fieros. Allí siempre, todo de su vida el espacio sirvienta fue.
Y así era: supe que, hacía cosa de una hora, se escuchó de pronto un grito terrible en el dormitorio de mi madre. La sirvienta, que acudió corriendo, la encontró tendida en el suelo, sin conocimiento, y su desmayo había durado varios minutos.
En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán. Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón. —¡Señor!
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco.
Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras. —Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
Encontrando a mi madre, a quien había criado, ya casada y con varios hijos, entró a nuestra casa como sirvienta en lo de carguío y crianza de la menuda gente.
¡Qué sirvienta la suya!... Y oía el ruido de los platos, docenas de platos, tazas y ollas que las sirvientas —¡eran diez ahora!— raspaban y flotaban con rapidez vertiginosa.