sentada


También se encuentra en: Sinónimos.

sentada

1. s. f. Tiempo que una persona permanece sentada sin interrupción.
2. SOCIOLOGÍA Acción de permanecer sentadas en el suelo un grupo de personas por un largo período de tiempo, con objeto de manifestar una protesta o apoyar una petición participó en la sentada contra el racismo.
3. de una sentada loc. adv. De una vez, sin interrupción.
NOTA: También se escribe: asentada

sentada

 
f. Asentada.
Acción de protesta o en apoyo de una causa, que consiste en sentarse en el suelo en un lugar determinado y por un período de tiempo.

sentada

(sen'taða)
sustantivo femenino
sociología protesta consistente en permanecer sentado un grupo de personas obstaculizando la circulación sentada contra la discriminación
Sinónimos

sentada

sustantivo femenino
Traducciones

sentada

sitting

sentada

seduto

sentada

séance

sentada

sessão

sentada

يجلس

sentada

mødet

sentada

앉아

sentada

sammanträdet

sentada

นั่ง

sentada

SF
1. (= tiempo que se está sentado) → sitting
de o en una sentadaat one sitting
2. (Pol) → sit-in, sit-down protest
hacer una sentadato organize a sit-in
Ejemplos ?
Pepa la Golondrina, sentada en el poyo de la ventana, miraba hacia la calle con expresión meditabunda, mientras su madre, la señá Rosario, planchaba algunas prendas sobre un larguísimo tablero.
na pobre anciana estaba sentada una noche sola en su cuarto en una gran ciudad, pensando que había perdido primero a su marido, después sus dos hijos; luego todos sus parientes unos después de otros y por último que acababa de morir su postrer amigo y quedaba abandonada y sola en el mundo.
Cuando penetró Joseíto en la habitación y vio a Rosario sentada en la mecedora, luciendo parte del brazo de intensa blancura y ceñido en la muñeca por anchas pulseras doradas; cruzadas las piernas de modo que dejaba ver el nacimiento de la pantorrilla que amenazaba hacer estallar la finísima media, y que ponía de relieve la magnífica redondez del muslo; libre la redonda garganta que ceñía un collar dorado, cuyos dijes reposábanle sobre la retadora curva del arrogante seno; cuando vio de aquel modo Joseíto a la Carabina, sintió algo que se le ponía sobre el corazón, y, tras algunos instantes de silencio y de mirar a Rosario como un náufrago la playa, exclamó trémulo y emocionado: -¡Ay, comadre de mi vía!
Rosalía, sentada en una antigua butaca forrada de yute, contemplaba con pupilas en que la fiebre ponía un fuego abrasador la serena perspectiva; extendidos tonos violáceos circuían sus ojos, y las rosas de sus pómulos hacían resaltar los intensamente amarillos que habían sustituido los nacarinos con que en días más felices había dado envidia a los nardos de sus macetas; sus labios entreabiertos constantemente, ponían una mueca de dolor en su pálido semblante.
Pero Emilia sólo bailó el primer baile; le dolía un pie, no es que fuera una cosa de cuidado, pero tenía que ser prudente, renunciar a bailar y limitarse a mirar a los demás. Y se estuvo sentada, mirando, con el arquitecto a su lado.
Se puso de puntillas, y miró por encima del borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato con los ojos de una gran oruga azul, que estaba sentada encima de la seta con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa y sin prestar la menor atención a Alicia ni a ninguna otra cosa.
licia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos.
Era inusitado aquel espectáculo que ante mis ojos aparecía: Miles de lucecitas de muchísimos colores alumbraban un gran salón; en sus paredes había millones de preciosas piedrecillas luminosas que las adornaban; en el fondo estaba una silla dorada en la que se veía sentada una abeja de vestido más brillante que los de las demás.
Predispuestos como estaban ya a cumplir virilmente el programa de doble guerra que se había trazado y por otra parte convencidos como se hallaban de que tenían fuerzas y capacidad suficientes para desarrollarlo con éxito, parecióles desde luego inadmisible una pacificación que de cualquier modo iba a ser coja y mal sentada.
Sin saber cómo, caí y ya no pude incorporarme, entonces las horrendas matronas me agarraron de los brazos y me arrastraron entre carcajadas pavorosas hasta otro enorme salón iluminado con grandes antorchas. Al fondo de él había un trono en el cual estaba sentada otra mujer, aún más repulsiva que las que me habían hecho prisionero.
Pero la Guardia Civil avanza sembrando hogueras, donde joven y desnuda la imaginación se quema. Rosa la de los Camborios gime sentada en su puerta con sus dos pechos cortados puestos en una bandeja.
Pese a la alegría y la contundencia del voto popular, falta algo y falta alguien; alguien que hace exactamente ocho años y cinco meses, en este mismo lugar que hoy estoy ocupando yo, y yo sentada frente a él, venía a decirle a todos los argentinos que él venía y pertenecía a una generación diezmada, que 30 años antes de ese 25 de mayo, había estado junto a cientos de miles en esta misma Plaza de Mayo vitoreando y festejando también la llegada de otro gobierno popular luego de 18 años de proscripciones.