seminarista

seminarista

1. s. m. ENSEÑANZA, RELIGIÓN Alumno de un seminario religioso.
2. s. m. y f. ENSEÑANZA Persona que cursa o asiste a un seminario.

seminarista

 
m. catol. Alumno de un seminario.

seminarista

(semina'ɾista)
sustantivo
religión persona que asiste a un seminario religioso como alumno los seminaristas nuevos
Traducciones

seminarista

seminarista

seminarista

اللاهوتي

seminarista

seminarian

seminarista

seminarian

seminarista

SMseminarian
Ejemplos ?
Cuando sabe que se han marchado, alborota la cocina a berridos, dale su padre un par de guantadas, interpónense el seminarista y su madre, apágase la lumbre, oscila la luz del candil, dormita la moza, maya perezoso el gato, caésele la pipa más de una vez de la boca al tío Jeromo, habla torpe sobre los fenómenos de la luz el seminarista; y cuando los relinchos de los marzantes se escuchan lejanos, hacia el fin de la barriada, desfila a paso tardo y vacilante la familia del tío Jeromo a buscar en el reposo del lecho el fin de tan risueña y placentera velada.
El seminarista se hizo atrás, para libertarse de la mano que aún pesaba sobre su hombro, y clavándome los ojos de pájaro, dijo como si adivinase mi pensamiento y lo respondiese: —Algunos creen que para ser un gran capitán no se necesita ser valiente, y acaso tengan razón.
Pero ahora me voy al cuarto del seminarista, a colgarle los tirantes del espejo y a meterle los calcetines en la jofaina; creerá que el ponche era demasiado fuerte y que se le subió a la cabeza.
Quizá alguno de sus capítulos cayó en manos del seminarista, y he aquí cómo un mal librajo llevó a carrera de perdición a un joven, casto como el cándido José, y privó acaso a la iglesia de Lima de una de sus más espléndidas luminarias o lumbreras.
El señor seminarista Kisserup -aunque el nombre no hace al caso- era primo suyo, y acertó a encontrarse de visita en casa de la familia del jardinero.
Me han quedado recuerdos de objetos y palabras de esta vida sonámbula, de los que no puedo defenderme y, a pesar de no haber salido nunca de mi parroquia, se diría al oírme que soy más bien un hombre que lo ha probado todo, y que, desengañado del mundo, ha entrado en religión queriendo terminar en el seno de Dios días tan agitados, que un humilde seminarista que ha envejecido en una ignorada casa de cura, en medio del bosque y sin ninguna relación con las cosas del siglo.
Fray Ambrosio, luego de haber hablado, rióse abundantemente, y aún quedaba en la bóveda de la sacristía la oscura e informe resonancia de aquella risa jocunda, cuando entró un seminarista pálido, que tenía la boca encendida como una doncella, en contraste con su lívido perfil de aguilucho, donde la nariz corva y la pupila redonda, velada por el párpado, llegaban a tener una expresión cruel.
Huyendo, pues, de encontrarle en alguna calleja o sentado en el banco del portal de su padre, como suele estar todos los días, el seminarista ha salido tarde de su celda con el objeto de entrar de noche en el pueblo; y esto es lo que explica su tardanza, que ya va metiendo en cuidado a la tía Simona.
Estas dificultades –que no serían nada para otros– eran inmensas para mí, pobre seminarista recién enamorado, sin experiencia, sin dinero y sin ropa.
Felicísima, radiante, voló doña Pacha a su casa, y en un dos por tres habilitó de celdilla para el seminarista un cuartucho de trebejos que había por allá junto a la puerta falsa; y aunque pobres, se propuso darle ropa limpia, alumbrado, merienda y desayuno.
El seminarista se quitó la boina negra, que juntamente con una sotana ya muy traída completaba el atavío de su gallarda persona, y poniéndose rojo me saludó.
Estudió las primeras letras con su madre y a partir de 1645 viajó a Quito y en El Real Colegio De San Luis tuvo por Maestro de Retórica al Padre Antonio Bastidas y Carranza, "hecho decisivo para la vocación literaria del joven seminarista" pues fue inquietado hacia la poesía y escribió versos con varios compañeros como el santafereño Hernando Domínguez Camargo.