Ejemplos ?
Veintiséis o veintisiete primaveras podría contar nuestro protagonista, y era de tez morena, grandes ojos de lánguidas y adormecedoras pupilas, con facciones de correcto dibujo, curvas mejillas, donde azuleaba la barba cuidadosamente afeitada, como el bigote; sus labios eran frescos y encendidos; como de marfil su dentadura, algo grande y desigual; su cabello, abundante y sedoso, tan oscuro como sus bien arqueadas y pobladísimas cejas y como sus larguísimas pestañas, desbordaba por bajo el ala del airoso rondeño gris, y era vigorosa y cenceña su figura, que avaloraban ajustado marsellés, ceñidor y pañuelo de raso azul que lucía a guisa de corbata sobre la bordada y blanca pechera de la camisa.
Eran, en los rincones, las telarañas, cubriendo con su tul, al principio sedoso, luego denso y sombrío como las alas del murciélago, la seda y el algodón y las bellotitas de oro y los galones y agremanes, que nadie compraba.
La señora aguarda ya -dijo en alemán la fräulein; y Nora, dócil como suelen ser las criaturas enfermizas, echó a andar, bajó las escaleras solita, agarrándose al pasamano, y solita se metió dentro de la berlina, al lado de su mamá, que viéndola tan seria y emperifollada al empezar a rodar el coche, le dio un beso en el poco trecho de mejilla que asomaba entre el sombrerón y el alto cuello de pieles. -¿A que no sabes adónde vamos? -preguntó alegremente, pasándose por la fría nariz el sedoso manguito-. Vamos al convento.
Mas en el instante mismo hubo de advertir algo delicado y sedoso, como piel de mujer, como suave pétalo de flor, que tocaba con la yema del pulgar y envolvía su dedo índice.
Parió aquella bohemia de blanco y sedoso pelaje, y, obligada a fijar domicilio para tranquilidad de su prole, escogió el patio del ogro, burlándose, tal vez, del terrible personaje.
Pero como Juana se peinaba echándose todo su pelo, abundante y sedoso, hacia atrás, y se ponía el manto sin arte ninguno, y se calzaba a la vuelta de la esquina, y no usaba ni siquiera los elementales polvos de arroz en su tocador, se veía poco más o menos como otras, sin llamar sobre sí la atención como la hubiera llamado con un peinado artístico, con un buen manto chino puesto con unos zapatitos de charol delante un espejo por mano maestra, o con unos zapatitos de charol de importación casi europea.
Viene una día en que la mujer tropieza por esas calles, alza la vista y se encuentra con un hombre de sedoso bigote, ojos negros, talante marcial..., y ¡échele usted un galgo a todos los propósitos de conservar el alma independiente!
Pero esto lo pienso ahora; pues lo que es entonces sólo pensaba en los aguerridos ojos de Antoñita; en su incitante boca; en su sedoso pelo; en sus brazos, que habían engordado desde que yo le daba el mío al salir de las tertulias de marras; en su talle, no menos redondo que cuando yo bailaba con ella, diciéndole al oído cosas equivocas, cuyo sentido parafraseaban sus ojos y su aliento; en sus pies, por último, que yo pisé tantas veces, cuando íbamos en coche, acompañados de la sombra de Nino de su ya destronada tía, a Carabanchel o a la Alameda de Osuna...
No hubo respuesta. La costurera, inmóvil, quizá ni escuchaba el murmullo sedoso y blando de las consoladoras frases. La señora, entonces, la cogió suavemente por un brazo, la arrinconó y le secreteó algo más personal y directo.
El señor Frasco no pudo contenerse más tiempo; su amigo habíale hecho ver un cuadro que lo sacaba de tino, habíale hecho ver a la Topacio en una de las mesas del café cantante donde ganábase la vida trinando como una alondra, y habíala visto alta, esbelta, gallarda, con el pelo abundante y sedoso...
Un sedoso bigote caía sobre sus labios rojos y su mirada apenas se fijó en Erdosain, pues ni bien fue presentado a él se dejó caer en una hamaca, permaneciendo así con la cabeza apoyada en un respaldar, la espada entre las rodillas y un alón de cabello pegado a su frente plana.
A nuestros ojos comparecen en la escena del Arte, semejantes a las vírgenes que se revelan a Santa Oria en los versos candorosos del candoroso Gonzalo de Berceo: Todas tres llevan en la diestra, como en sedoso y albo nido, sendas palomas blancas: y mientras posan en la tierra los pies, todas, con movimiento unánime, tienden sus diestras al cielo, como para hacérselo propicio con la cándida ofrenda pascual de sus palomas.