san Juan de la Cruz

Cruz, san Juan de la

 
V. Juan de la Cruz, san.

Juan de la Cruz, san

 
(1542-91) Místico carmelita español. Ordenado sacerdote, se encontró en el otoño de 1567 con Teresa de Jesús, quien lo ganó para su causa reformadora y de quien muy pronto se convirtió en maestro espiritual indiscutible. Sus poesías, de exquisito lirismo, son la más alta expresión de la mística, y los Comentarios en prosa de sus propios versos tienen un alto valor místico. Entre sus obras: Noche oscura del alma, Subida al monte Carmelo, Llama de amor viva. El Cántico espiritual, inspirado en el Cantar de los Cantares, está considerada una de las mejores obras de la poesía española.
Ejemplos ?
San Vicente de Ávila, mártir. Santas Sabina y Cristeta, mártires. San Pedro del Barco. San Juan de la Cruz. Beato Alonso de Orozco, de Oropesa.
El duende que llena de sangre, por vez primera en la escultura, las mejillas de los santos del maestro Mateo de Compostela, es el mismo que hace gemir a San Juan de la Cruz o quema ninfas desnudas por los sonetos religiosos de Lope.
Lo han sabido, diversdamente, Platón, San Agustín, Juan Escoto Erígena, San Juan de la Cruz, Teresa la Santa, --así la llamaba Américo Castro-- y en nuestros días, entre otros, Emmanuel Mounier, Edith Stein, Thomas Merton.
(San Juan de la Cruz.) Arranca del conocimiento introspectivo de sí mismo, cerrando los ojos á lo sensible, y aun á lo inteligible, á « todo lo que puede caer con claridad en el entendimiento », para llegar á la esencia nuda y centro del alma, que es Dios, y en ella unirse en « toques sustanciales» con la Sabiduría y el Amor divinos.
La musa de Góngora y el ángel de Garcilaso han de soltar la guirnalda de laurel cuando pasa el duende de San Juan de la Cruz, cuando El ciervo vulnerado por el otero asoma.
Y es tan fuerte el individualismo este, que si San Juan de la Cruz quiere vaciarse de todo, busca esta nada para lograrlo todo, para que Dios y todo con El sea suyo .
Agachado en su mesita cojitranca vertía del latín al romance y del romance al latín, ahora a Cornelio Nepote y tal cual miaja de Cicerón, ahora a San Juan de la Cruz, cuya serenidad hispánica remansaba en unos hiperbatones dignos de Horacio Flaco.
Cristina, que un mes antes estaba enamorada de San Juan de la Cruz, y hubiera dado cualquier cosa por ser ella la iglesia de Cristo, la esposa mística a quien el santo requiebra tan finamente, había cambiado de ídolo y se había dicho: «Lo que yo necesito es un amor humano; pero verdadero, espiritual, desinteresado, en que no entre para nada el deseo de poseerme como carne, que incita, ni la vanidad de hacerse célebre siendo mi amante».
Se saben los caminos para buscar a Dios, desde el modo bárbaro del eremita al modo sutil del místico. Con una torre como Santa Teresa, o con tres caminos como San Juan de la Cruz.
¡Y qué lengua!: la de hablar con Dios; la lengua muda del éxtasis en Santa Teresa; la de la oración hablada en San Juan de la Cruz; la de la elocuencia eclesiástica en Fray Luis de Granada; la de la poesía en Fray Luis de León, Herrera y Rioja; la de la historia en Mariana; la de la novela en Hurtado de Mendoza; la de la política en Jovellanos; la del amor en Meléndez Valdés; la de la risa en Fígaro; ¡qué lengua!; la de la elocuencia profana en Castelar: ¡qué lengua!
Del italiano brotó el arte popular de las Florecitas y de los juglares de Dios, como Jacopone de Todi; el nuestro dió los conceptuosos autos sacramentales ó las sutiles y ardorosas canciones de San Juan de la Cruz.
Las del misticismo castellano fueron el quietismo egoísta del abismarse en la nada ó el alumbrismo brutal dado á la holganza y el hartazgo del instinto, que acababa en el horrible consorcio del anegamiento del intelecto en el vacío conceptualizado con la unión carnal de los sexos y en la grosería sensibilista de « mientras más formas más gracia », en el último extremo de lo que llama San Juan de la Cruz lujuria y gula espirituales.