Ejemplos ?
Ella caminaba con los ojos fijos en el suelo, rozando las paredes y sonriendo de placer bajo su velo negro que le cubría la cara.
En su despreocupación, el enano llegó a pasar rozando el viejo reloj de sol que antiguamente indicaba las horas nada menos que al Emperador Carlos V.
Águila que apeteces tus regiones, águila que suspiras tus esferas, tus plumas van rozando tus prisiones, miras la inmensa bóveda, y esperas.
El primer suplicio es una rueda sobre la cual está la muchacha, que gira sin cesar rozando un círculo guarnecido de hojas de navaja con las que la infeliz se rasguña y corta en todos sentidos a cada vuelta, pero como solamente es rozada, gira al menos durante dos horas antes de morir.
El ogro estaba cada vez más irritado, conforme descendía la ardorosa cuesta, y mientras mascullaba sus palabrotas, animaba con el látigo a dos machos, que caminaban desfallecidos, con la cabeza baja, casi rozando el suelo.
Dolores se acercó al Viruta, sentose sobre sus rodillas, le ciñó el cuello con su brazo escultural, y díjole, enlazando casi con las suyas sus pestañas y rozando con los suyos fragantes los labios rojos y sensuales de su marido.
Y en tanto la ligera resonante nave iba ya rozando; San Lorenzo pronto pasó, doblando su carrera; y yo que contemplaba con ansiosa vista la costa, al fin no vi do quiera sino el cielo y la mar espacïosa.
Y cuando, a la mañana, pasa alegre rozando tu ventana que la primera luz del alba dora, te dice la habladora: «Ya, descorriendo los nocturnos velos, se levanta la aurora, sonrisa luminosa de los cielos: ¡Despierta, Magdalena, que ya es hora!» Y así te enseña a ser madrugadora, y así te evita sustos y desvelos en la noche traidora.
Y el Junco le hizo un profundo saludo. Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.
Ahora por el contrario, las manifiestas disparidades en el vestir y la condición de los hombres y mujeres que pasaban rozando unos junto a otros por las aceras me impactaban a cada paso, y aún más la total indiferencia que los prósperos mostraban ante la difícil condición de los infortunados.
El general Díaz contempló un momento el majestuoso paisaje que se extiende al pie del antiguo castillo, y luego, sonriendo ligeramente, se internó por una galería, rozando a su paso una cortina de florones rojos y geranios rosa, amorosamente enlazados, al jardín interior, en cuyo centro una pila rodeada de palmeras y flores, lanzaba plumas de agua, de la misma fuente en que Moctezuma apagó su sed bajo los gigantescos cipreses que aún levantan sus ramas alrededor de las rocas que pisábamos.
Tomó al fin su luz la monja y por la iglesia cruzando pasó a su lado rozando con sus ropas al pasar, Y sin poder Margarita resistir su oculto encanto, asióla al pasar del manto, mas sin fuerzas para hablar.