Ejemplos ?
En el cajón Nº 34 van cristales y debe abrirse con cuidado: contiene un lavabo para Rosario y una mesa para escribir en pie; dentro del cajón de esta va alguna ropa blanca y entre ella dos chalecos de paño nuevos flamantes que es preciso sacudir.
A lo que he venido es que anoche el Renegado y Centopiés llevaron a mi casa una canasta de colar, algo mayor que la presente, llena de ropa blanca; y en Dios y en ni ánima que venía con su cernada y todo, que los pobretes no debieron de tener lugar de quitalla, y venían sudando la gota tan gorda, que era una compasión verlos entrar ijadeando y corriendo agua de sus rostros, que parecían unos angelicos.
La ropa blanca que tengo, que es mucha y muy buena, no se sacó de tiendas ni lenceros, estos pulgares y los de mis criadas la hilaron; y si pudiera tejerse en casa, se tejiera.
-Y tanto como veo -respondía el filósofo mientras se ponía los calcetines, de que no haré descripción de ningún género. Baste decir, por lo que respecta a la ropa blanca del pensador, que no había tal blancura, y que si era un sepulcro D.
Sobre una cuerda, cerca de una buena hoguera, estaban todas las prendas negras: levita, chaleco, pantalón, corbata; en otra cuerda toda la ropa blanca...
Aseguraron que la paterita ofrecía limpiar toda la ropa blanca de palacio, y la de los cien mil guardias del Rey, en quince minutos.
A menudo, cuando Carlos había salido, ella iba a coger en el armario, entre los pliegues de la ropa blanca donde la había dejado, la cigarrera de seda verde.
No he supuesto nunca, ni quiero suponerlo, que aquel pañuelo fuese la única prenda de ropa blanca que llevase el joven; pero desde luego era lo único que se veía de ella.
Acabarán por convencerse de que no soy una ladrona.» De pronto recordó que guardaba en el cesto de la ropa blanca algunas golosinas: fiel a sus costumbres de colegiala, solía meterse en el bolsillo, cuando estaba comiendo, algún pastelillo, algún melocotón, y llevárselos a su cuarto.
Macha, estupefacta, aterrada, seguía haciendo el equipaje. Con mano nerviosa echaba a la maleta su ropa blanca, sus vestidos. La pasmosa confesión del señor Kuchkin aumentaba su prisa de irse.
Cruzó un pasaje y se encontró en un curioso calle­jón sin salida, que parecía ocupado por una lavandería francesa, pues de una casa a otra se extendía toda una red de cuerdas, cargadas de ropa blanca, que agitaba el aire ma­tinal.
Sobre su ropa blanca, perfumada de foin, crujía la seda musgo del traje, antiguo para la elegante marquesa, en realidad casi de última moda, primorosamente adornado con bordados verde pálido y rosas en ligera guirnalda; en la cabeza, un lazo de lentejuela hacía resaltar el brillo del pelo castaño, rizado con arte.