romancero


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romancero, a

1. s. Persona que canta romances.
2. s. m. Conjunto o colección de romances el profesor recomendó un romancero para estudiar y conocer el tema.

romancero, -ra

 
m. f. Persona que canta romances.
m. lit. Colección de romances, ya en forma de antología, ya agrupados por temas según deriven de uno u otro cantar de gesta (Romancero del Cid). Conservados los romances por tradición oral hasta la invención de la imprenta, desde 1540 se imprimieron colecciones de ellos. Entre los más importantes cabe citar: Cancionero de romances y el Romancero general. Mantenido vivo por la tradición popular, el romance ha tenido en la época contemporánea sus poetas: García Lorca y Antonio Machado, entre otros.
Por ext., se aplica el nombre de romancero al conjunto de toda la poesía épico-lírica popular española, nacida de la tradición de los cantares de gesta y de la leyenda.
Sinónimos

romancero

, romancera
adjetivo
Traducciones

romancero

SMcollection of ballads
el Romancerothe Spanish ballads
Ejemplos ?
¡Oh Duero, tu agua corre y correrá mientras las nieves blancas de enero el sol de mayo haga fluir por hoces y barrancas; mientras tengan las sierras su turbante de nieve y de tormenta, y brille el olifante del sol, tras de la nube cenicienta!... ¿Y el viejo romancero fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?
Además se imprimieron un Romancero, y unas Letrillas del autor con el título de Delicias del Parnaso, de que se hace elogio en el Laurel de Apolo de Lope de Vega.
Honor de las fuerzas policiacas argentinas, Felipe del Estero acometía entonces una empresa que debiera merecer las canciones del Romancero y aún los estruendos de la Epopeya.
Romancero de la Guerra de Independencia I Medio oculta entre la selva como un nido entre las ramas, y medio hundido en el fondo tranquilo de una cañada, allá por aquellos tiempos hubo en Landín una casa que no por ser tan sencilla ni de un fecha tan larga, era menos pintoresca, ni tampoco menos blanca.
Su memoria es venerada por el pueblo chileno y su nombre ha sido cantado por la epopeya. La música, la poesía y el romancero popular rememoran su g'orioso nombre.
Este ilustre hijo de Chile fué padre del actual brigadier de injenieros del ejército de España, don Juan de Quiroga, distinguido literato y poeta. De este brillante injenio contemporáneo se rejistran mui bellos cantos en el Romancero de la Guerra de Afñca.
VI Tal es el mundo, ilustre Romancero: algunos, con la mente perturbada, imitan la ideal, pero arriesgada, profesión del Andante Caballero.
"En cuanto al escenario de las revoluciones tradicionales concierne, complots, conspiraciones, humo de pólvora, sangre y fuego, cualquiera de las diez mil disputas medievales de las ciudades Italianas o Flamencas, dio mucho más material al romancero o la dramaturgia que la gran revolución de América." "¿Debo entender que no hubo en realidad ningún acto violento relacionado con esta gran transformación?" "Hubo un gran número de disturbios y colisiones menores, implicando entre todos una cuantía considerable de violencia y derramamiento de sangre, pero no hubo nada parecido a una guerra con líneas trazadas, que fuese buscado por los reformadores.
Hombre vulgarísimo, pero muy valiente, tenía á veces arranques hidalgos; y cuando, en la en- trevista de Mala se propusieron los pizarristas apoderarse por traición de la i ersona de Almagro el Viejo, Alonso de Mesa fué de los pocos que protestaron indignados contra esa felonía, y cuéntase que al pasar junto al Mariscal, lo hizo cantando esta popular copla del romancero español: Tiempo es el caballero, tiempo es de huir de aquí, que me crece la barriga y se me acorta el vestir.
Habíamos llegado a Santa María y tuvimos que guarecernos en el cancel de la iglesia para dejar la calle a unos soldados de a caballo que subían en tropel: Eran lanceros castellanos que volvían de una guardia fuera de la ciudad: Entre el cálido coro de los clarines se levantaban encrespados los relinchos, y en el viejo empedrado de la calle las herraduras resonaban valientes y marciales, con ese noble son que tienen en el romancero las armas de los paladines.
-dijo Preciosa-, que me ha tratado de pobre el poeta, pues cierto que es más milagro darme a mí un poeta un escudo que yo recebirle; si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade todo el Romancero general y envíemelos uno a uno, que yo les tentaré el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recebillos.
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés erguido!—. Y pienso: Primavera, como un escalofrío irá a cruzar el alto solar del romancero, ya verdearán de chopos las márgenes del río.