requiebro

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requiebro

1. s. m. Acción y resultado de requebrar.
2. Dicho o expresión con que se piropea a una persona se siente halagada con los requiebros de sus pretendientes. alabanza, lisonja, piropo
3. MINERÍA Mineral vuelto a quebrantar para reducirlo a trozos de igual tamaño.

requiebro

 
m. Acción y efecto de requebrar.
Expresión con que se requiebra.
Sinónimos

requiebro

sustantivo masculino
Traducciones

requiebro

SM (liter) → compliment, flirtatious remark
Ejemplos ?
Y momentos después alejábase del establecimiento del Cerote Dolores la Rabicortona, mientras el Pimporrio mirábala alejarse desde la puerta de la zapatería y los escasos transeúntes hacían resonar al paso, en sus oídos, los más elocuentes requiebros de su vastísimo repertorio.
Crujen los brindis sin número, crece orgía sin reserva y ya ni voces ocultas ni pensamientos se dejan. De amor loco está don Juan, y entre el son de las botellas crujen los besos perdidos y los requiebros penetran.
Me parece que tres años habrá, poco más o menos, que, estando de cierta dama una noche en el terrero, por más señas que fue día de San Clemente –no puedo olvidarme, que no es fácil olvidar que tuve miedo– vio que de la misma reja donde él sus finos requiebros arrojaba, otro galán tenía ocupado el puesto, 160 y así le fue necesario tener al instante celos; dellos armado, sacó la espada, y con él riñendo le hirió muy mal, dejóle porque le dejó por muerto, y a Flandes, sin ver su dama, tomó las de Villadiego.
Entreoyeron las mozas los requiebros de la vieja, y cada una le dijo el nombre de las Pascuas: ninguna la llamó vieja que no fuese con su epítecto y adjetivo de hechicera y de barbuda, de antojadiza y de otros que por buen respecto se callan; pero lo que más risa causara a quien entonces las oyera eran las razones de Guiomar, la negra, que por ser portuguesa y no muy ladina, era extraña la gracia con que la vituperaba.
En esta segunda época de las glorias de la Alameda no vio en su recinto ni Herreras ni Murillos; pero oiría algunos requiebros y citas en chapurrado, de que se reirían, sin duda alguna, algunos majos chapados a la antigua.
Lo más del día se les pasaba espulgándose o remendando sus abarcas; ni entre ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni había Lisardos, Lausos, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos, Pablos o Llorentes; por donde vine a entender lo que pienso que deben de creer todos: que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna; que, a serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella felicísima vida, y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requiebros...
Aquellos requiebros a María (Estrella de la mañana, Rosa mística, Puerta del Cielo, Torre de David, Casa de oro, etcétera, etc.) componen un ramo de flores más frescas y olorosas que todas las de los vergeles de mayo.
Vedlos, en fin, montar la guardia en casa del cura, a quien ofrecen sus servicios para solemnizar la Misa del Gallo o la de Los Pastores; recorrer el barrio cantando coplas llenas de requiebros a la Virgen y al Niño Jesús...
Luego, abrazándome fuertemente y cubriéndome de besos me echaba los más tiernos requiebros, pero no como las cortesanas, cuyos favores son un vil comercio y los prodigan al primer comprador de ellos, si no con la vivacidad de la más sincera y violenta pasión: «¡Te amo!
Agotada ya la vena de los requiebros a la sirvienta, discurrieron otra humorada sobre el mismo tema, y fue asegurarle a don Juan que su criada estaba ferida de punta de amor por él, lo cual la traía a mal traer, llena de escrúpulos y con el alma toda acongojadica.
Lo que sonaba en los oídos de Luis era una voz femenil, de una entonación apasionada que recorría toda la escala del sentimiento. Requiebros entrecortados, ternezas hondas, arrobos casi místicos, arrulladoras monerías, balbucear confuso, velado; gorjear como de ave que anidará pronto..., y algo de salvaje vehemencia dolorosa en ciertas exclamaciones, en ciertos momentos que a Luis le parecían interminables.
Vio que otras tantas anémicas como ella, llegaban pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire, y luego se arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y esbeltos, cuyos bozos de oro y finos cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban, con ellos, en una ardiente estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma, respirando de tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de haba de Tonka, de violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes, rendidas, como palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines de seda, los senos palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así soñando en cosas embriagadoras...