Ejemplos ?
No se llega a viejo sin haber aprendido que las lágrimas, los remordimientos y la sangre, alargan el placer de los amores cuando vierten sobre ellos su esencia afrodita: Numen sagrado que exalta la lujuria, madre de la divina tristeza y madre del mundo.
Sin embargo, para calmar mis remordimientos, me decía que Turey, llegado el momento, no se atrevería a arrojarse entre las llamas, y dejé que su esclava se retirara, después de prometerle que cumpliría con mi deber e iría a verla morir.
Por buena suerte para los satisfechos, en México hay justicia, que envía amarrados a los niños hambrientos de la capital al presidio del Pacífico, para gastar sin remordimientos algunos millones en divertirse.
Y la noticia se arremolinó entre asombros e incrédulas miradas. Hubo en varios temores y remordimientos... ¡Tanta superstición rebosaba en la mente de los invasores y los mestizos apóstatas!
Como que está pasada de remordimientos, y se atribuye buena parte de culpa en la depresión de ánimo y de fuerzas que, según el parecer de los médicos, preparó el terreno a la enfermedad traidora.
En cuanto hacía buen tiempo y los alumnos querían salir a dar un paseo por mar, ¡ancha Castilla!, se quedaba Zurita solo, recordando sus aventuras filosóficas como si fueran otros tantos remordimientos, y comiéndose las uñas, vicio feo que había adquirido en sus horas de meditación solitaria.
La ocasión de volver al teatro, al baile, al banquete, al paseo, la ofrece el mismo esposo, que siente remordimientos, que no quiere extremar las cosas, y se empeña -se empeña, vamos- en que su mujercita ¡qué, diablo!
he estado mucho tiempo sin dar un ochavo... y no me sentía bien; el no dar limosna me preocupaba, sentía una comezón... remordimientos...
Acaso si Blanca no hubiese ido en carruaje, él la hubiera detenido, dirigiéndole la palabra, quién sabe si le hubiera pedido perdón por su conducta, porque Bernardo era culpable, había adivinado el amor de Blanca, lo había alentado con vanas esperanzas, abandonándola sin remordimientos después.
Una hora después, para explicarse lo sucedido, para matar los remordimientos que le punzan, Caín reflexiona que él mismo debió de trastornarse como ella, que creyéndose más frío, menos joven de lo que en rigor era todavía por dentro, no vio el peligro de aquel contacto.
María, al verle embebecido contemplándola, besándola el delantal en cuanto ella se distraía, de rodillas a veces y con las manos en cruz, o como las tenía casi siempre el mismo Papa, sentía grandes remordimientos y grandes delicias.
Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de bondad. – ¡Qué remordimientos, padre!