remendón

remendón, a

adj./ s. OFICIOS Y PROFESIONES Que se dedica a remendar, en especial los zapateros y los sastres el zapatero remendón me pondrá suelas nuevas en los mocasines.

remendón, -dona

 
adj.-s. Que tiene por oficio remendar. Díc. esp. de los sastres y zapateros de viejo.
Traducciones

remendón

cobbler

remendón

rattoppatore

remendón

/ona
A. ADJ zapatero remendóncobbler
B. SM/Fcobbler
Ejemplos ?
El remendón no acaba de enterarse, por que Tista, por instinto de hidalguía y por temor de su madrastra, trata de tergiversarle los hechos.
Entre los músicos de Italia se ha visto la misma precocidad. Cimarosa, hijo de un zapatero remendón, era autor a los diecinueve de La Baronesa de Stramba.
El más travieso, el que más molestaba al remendón y el que capitaneaba a sus compañeros todos los días al salir de la escuela, se llamaba Rafaelito, tenía nueve años y era el que mayor ligereza mostraba en los pies y mayor fuerza en la garganta para huir y gritar a un tiempo: Zapatero, zapatero, echa suela en el puchero; zapatero remendón, te has comido un gran ratón.
Silba un granuja, grazna un remendón...
¿Acaso no se dice "técnico de calzado" el último remendón de portal, y "experto en cabellos y sus derivados" el rapabarbas, y profesor de baile el cafishio profesional?...
Halicarnaso era un zapatero remendón que tenía establecidos sus reales en un tenducho fronterizo a la portería del colegio, tenducho que, allá por los tiempos de rectorado del ilustre D.
El olor a quemado destruye pronto la ilusión, y sólo queda una rasgadura negra en el traje gris de la Pampa, hasta que pase por allí un aguacero remendón y le pegue un retazo de paño nuevo, demasiado verde, que, por el contraste, chilla.
El diablo se volvió gravemente, y advirtió al remendón: «Tío Cerote, otra vez, aféitese el bigote.» El cabrón, después de tan bello espectáculo, comenzó a leer la constitución que otorgaba a sus fieles súbditos, escrita en un inmenso cartapacio; al ver éste, el zapatero exclamó: -¡Jesús, María y José, qué libro tan grande!
uando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.
Enseguida bajaron por la chimenea multitud de viejas horribles, se untaron, y a la primera campanada de las doce salieron todas en tropel, caballeras en escobas, las que no cabían por donde entraron, por las grietas de la casa, gritando desaforadamente: -«Por encima de rama y hoja, a los campos de Tolosa.» Picado el remendón de la curiosidad, se untó como ellas, y no habiendo entendido bien lo que voceaban tales vestiglos, dijo: «Por entre rama y hoja, a los campos de Tolosa.» Con la velocidad de bala de cañón subió por el de la chimenea, atravesó montes y valles, pasó por zarzas y espinos, y llegó al aquelarre o reunión de brujas, casi desollado.
Otro se hacía pinchar las nalgas, el vientre, los cojones y el pito con una gran lezna de zapatero remendón, aproximadamente con las mismas ceremonias, es decir, hasta que se comía los excrementos que yo le presentaba en un orinal sin que quisiera saber de quién eran.
Francisco cosía los rotos de los zapatos, les echaba medias suelas, siempre pegado a un taburete, que parecía formar parte de su cuerpo, tan encorvado como si nunca hubiese tenido erguido el espinazo. Cuando los niños se burlaban de él, el remendón murmuraba: -¡Dios os conserve la alegría!