Ejemplos ?
Pero como tengo mucho sueño, me permitirá usted que deje para mañana el enviar ese atento recado al señor Marqués de los Tomillares.
En dos por tres estuvo desollado, descuartizado y colgado en la carreta el maldito toro. Matasiete colocó el matambre bajo el pellón de su recado y se preparaba a partir.
Rosario, que había nacido para ser buena y que no lograba arrancarse del corazón la imagen del único hombre amado, refugióse en brazos de su madre a llorar sus amarguras, y cada vez que algún rondador empezaba a zumbarle en los oídos promesas tentadoras y acariciadores propósitos, revolvíase iracunda y desdeñosa, y respondíale de modo tal que no quedábanle ganas a ninguno de sus pretendientes de volver con el recado.
Notábase además en un rincón otra mesa chica con recado de escribir y un cuaderno de apuntes y porción de sillas entre las que resaltaba un sillón de brazos destinado para el Juez.
a Excelentísima Ciudad de Barcelona, Diputación y Brazo Militar, por deliberación de los, uniformemente resolvieron el día 4 del corriente que en consecuencia de las respuestas hechas por V.E. al recado que por escrito declaró a V.E.
De cuando en cuando le encargaban la realización de una que otra tarea extra y que parecía motivarlo tanto como si lo enviaran a una gran hazaña: Ir por el periódico del gerente, recoger y dejar algunos documentos u objetos, transmitir un recado a sutanito.
MUÑOZ Ella es mujer tan extraña, que esto en toda la ciudad se cree, siendo habilidad solamente. DON JUAN Si su maña quién es la dama supiera que ocasiona mi cuidado, y ya papel o recado de mi parte introdujera.
Después de oírles dijo mi tío: – Si no ha de ser como yo quiero, que tampoco sea como queréis vosotros, sino como Dios quiera: consiento que entre Iván Stepánovich, pero con la condición de que toque el bombo. El criado fue con el recado y volvió: – Dice que le pongan mejor una multa.
Y hoy, cuando a visitaros ya partía, por despedirme, Anarda, y disculparme, llegó un recado vuestro que podría, a ser sol fugitivo, repararme.
Llegó, pues, San Pedro en casa del hermano mayor, y le dijo a uno de los muchos criados que tenía: -Anda y dile a tu señor que aquí está su amo, que si lo quiere hospedar. Al oír aquel recado el señorón, se puso hecho un toro de fuego.
Miró al gaucho, cuyo chiripá chasqueba al viento sin que su fisonomía exteriorizara placer alguno por su libertad salvaje, y apoyó las rodillas sobre el cuero lanudo del recado, para sentir más presentes los movimientos del caballo, bajo cuyos cascos la tierra huía mareadora.
A este recado cerró Cornelia ambos puños y se los puso en la boca, y por entre ellos salió la voz baja y temerosa, y dijo: -¡Mi hermano, señores; mi hermano es ése!