rebullirse

rebullirse

(reβu'ʎiɾse)
verbo pronominal
moverse una persona o cosa que estaba quieta La fiebre lo hacía rebullirse en su cama.
Ejemplos ?
Y en el cetáceo enorme que entre hielos, que muros de cristal pueden decirse, alza dos ríos de agua hasta los cielos, y agita el mar del norte al rebullirse; que herido del arpón, iras alienta, con su sangre las aguas enrojece, y las pone agitadas en tormenta...
Y efectivamente. El alma de Diego Pérez no volvió a rebullirse. Si hubiera perseverado en la manía de las escapatorias, el padre Calancha, que debió tener bien organizada su policía, lo habría sabido y nos lo hubiera contado.
Un par de minutos que hubiera tardado nuestro español en volver de su paroxismo o catalepsia, y las paladas de tierra no le habrían dejado campo para rebullirse y protestar.
En cuanto el maestro subió al otro piso, el centenar de chiquillos comenzó a rebullirse, primero con cautela por si el pedagogo les jugaba, como de costumbre, alguna emboscada, y después con un estrépito y una confusión tales, que el vigilante nombrado por el maestro, y con omnímodas atribuciones, por cierto, viendo su autoridad atropellada, hubiera acudido en queja «al señor maestro» si se hubiera atrevido a penetrar en el sancta sanctorum de las casas consistoriales.
Y él, mientras esto sucedía, estaba abocinado en el suelo hecho un ovillo, sin rebullirse ni alentar siquiera, imaginándose ya arrebatado a los infiernos y dando hervores en las calderas de pez, alcrebite y plomo, donde se rehogan los comerciantes por amor, las viejecitas que azuzan y los administradores que desuellan.
Pero los descreídos portugueses maldito el caso que hicieron del pregón y se estuvieron sin rebullirse, como ratas en un agujero acechado por un micifuz.
Sin ir más lejos, yo tengo un sobrino cuyo padre dió también en la flor de las reformas y de las ideas nuevas. Le puso al muchacho tanto divino ayo, y maestro, y pedagogo, que no tenía un momento en el día para rebullirse.
La multitud comenzaba a rebullirse demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir por qué no comenzaba la ceremonia.
Siglos y siglos hace que a la pobre Eva le estamos echando en cara la curiosidad de haberle pegado un mordisco a la consabida manzana, como si no hubiera estado en manos de Adán, que era a la postre un pobrete educado muy a la pata la llana, devolver el recurso por improcedente, y eso que, en Dios y en mi ánima, declaro que la golosina era tentadora para quien siente rebullirse una alma en su almario.