rebotica


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rebotica

1. s. f. FARMACIA Habitación auxiliar de la botica, o farmacia, que está en la parte posterior de la misma.
2. COMERCIO Trastienda o pieza que está detrás de la tienda.
NOTA: También se escribe: rebotiga

rebotica

 
f. Pieza que está detrás de la principal de la botica, y le sirve de desahogo.
Trastienda (aposento).
Sinónimos

rebotica

sustantivo femenino
Traducciones

rebotica

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Ejemplos ?
25-11-1995., p. 28. OLALLA, José Félix, “Ella y ninguna”, Pliegos de Rebotica, 2002 p. 46. PEREZ ALVAJAR, José Antonio, “Rumbo a las cruzadas”, Diario 16, Culturas, Libros, 13-01-1996, p.
A las citas en la rebotica de Giral incorporó Martí a Manuel Azaña, que había abandonado el Partido Reformista tras el pronunciamiento de Primo de Rivera.
regional) (Barcelona, 1912), El Catalanismo literario en las regiones (1913), De mi rebotica, anécdotas y confidencias (1914), Proceres catalanes de vieja estirpe (1915-16) Su bibliografía abarca unos veinticinco títulos entre poesía y prosa.
Aristóteles - Horacio - Marcial - Séneca - El Clasicismo y la Escultura - El Clasicismo y la Literatura Moderna - Esquilo y su teatro (Reus, Imprenta Diario de Reus, 1912) De mi rebotica, anécdotas y confidencias (1914 Proceres catalanes de vieja estirpe: La casa de Rocaberti.
Por último, Adolfo, el ex-marido de Lourdes, está preso en la cárcel, pero hará lo imposible para salir y reencontrarse con su familia en una fecha tan señalada. Pero no solo la familia volverá a pisar la rebotica.
Desde finales del XIX el farmacéutico avanzado tiene detrás del mostrador, no una rebotica amable y acogedora, capaz de albergar agradables tertulias más o menos científicas, sino un auténtico laboratorio químico-farmacéutico donde puede con toda solvencia preparar nuevos medicamentos.
1905-1976 La rebotica de 1898...
Esas consultas en que el damnificado mira torvamente en redor; el farmacéutico lo hace pasar a la rebotica, corre la cortinilla de terciopelo deshilachado y se queda conferenciando un rato con el hombre que propone y no dispone.
En aquella rebotica, donde, según los autorizados informes de Jacoba de Alberte, no entraba nunca persona humana, solía hacer tertulia a don Custodio las más noches un canónigo de la Santa Metropolitana Iglesia, compañero de estudios del farmacéutico, hombre ya maduro, sequito como un pedazo de yesca, risueño, gran tomador de tabaco.
Poco a poco, el recuerdo de aquella admonición se fue debilitando, y continuaba, como antes, dando consultas anodinas en su rebotica.
Don Custodio asintió, inclinando gravemente la cabeza: desapareció tres minutos tras la cortina de sarga roja que ocultaba la entrada de la rebotica; volvió con un frasquito cuidadosamente lacrado; tomó el doblón, sepultólo en el cajón de la mesa, y volviendo a la Jacoba un peso duro, contentóse con decir: -Úntele con esto el pecho por la mañana y por la noche -y sin más se volvió a su libro.
Al entrar el canónigo se arrojó hacia él, y tomándole las manos y arrastrándole hacia el fondo de la rebotica, donde, en vez de la pavorosa «trapela» y el pozo sin fondo, había armarios, estantes, un canapé y otros trastos igualmente inofensivos, le dijo con voz angustiosa: -¡Ay, amigo Llorente!