rapaza


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En verdad, en verdad, que merecía ser hija de un gran señor. Otros había más groseros, que decían: ¡Dejen crecer a la rapaza, que ella hará de las suyas!
Remediado ya el desastre, en salvo los huevos no hechos cisco, en equilibrio el aligerado cesto en la cabeza rubia, el doctor preguntó, chancero: -¿Y por qué me tenías tanto miedo tú, rapaza?
-En "pobre" acaba el último verso -dijo a esta sazón Preciosa-: ¡mala señal¡ Nunca los enamorados han de decir que son pobres, porque a los principios, a mi parecer, la pobreza es muy enemiga del amor. -¿Quién te enseña eso, rapaza?
Y mientras la rapaza estuvo ausente, hasta tanto que trajo lo pedido, Mercedes propuso al administrador bajar ambos juntos a la carretera.
Entonces le pareció, como la noche anterior, que veía la efigie de la mártir; solo que, ¡cosa rara!, no era la Santa; era ella misma, la pobre rapaza huérfana de todo amparo, quien estaba allí tendida en la urna de cristal, entre los cirios, en la iglesia.
«Eugenio, ¿corremos?» Al principio fui a remolque; pero, al fin -este pícaro genio gaitero que tengo yo...-, me hizo la rapaza pegar mil carreras por aquellas cuestas abajo, riendo los dos como locos.
Los domingos iba siempre a comprar al mercado, y, unas veces hojaldres; otras, empanadas o siquiera dulunsogas o pepinos, nunca le faltaba el regalo para su Maestro; sin contar los manojos de coles y los de cebolla que a menudo le llevaba de la hermosa huerta que cultivaba Encarnación; sin contar las malvarrosas y claveles con que ofrendaba al Niño Dios. En fin, que la rapaza, en medio de su travesura y de su desaplicación, era una providencia para el pobre matrimonio.
Además, el coraje bien probado de la pequeña, su robustez a toda prueba y la tranquilidad del mar dábanle casi la seguridad de que la noche transcurriría sin accidentes desagradables. Cuando comunicó a Rosalía su determinación, la rapaza palmoteó de júbilo.
Cada vez que la Camarona iba a llevar a la fábrica un cesto de calamares, salía el mozalbete a recibirla, y, arrinconándola en una esquina del cobertizo donde se deposita la pesca, le decía vehementes palabras, le echaba flores, le ofrecía regalos y dinero, sin obtener más que risas y rabotadas, cuando no algún soplamocos que le dejaba perdido de escama de sardina. Un día la madre de la Camarona llamó a su hija y le dijo con misterio: -Se nos ha entrado la fortuna por las puertas, rapaza.
A la rapaza del molino le habían puesto Minia en la pila bautismal, y todos los años, el día de la fiesta de su patrona, arrodillábase la chiquilla delante de la urna tan embelesada con la contemplación de la Santa, que ni acertaba a mover los labios rezando.
Lo único a que el diaño del hombre ponía un gesto como ponen las demás personas, era a su chiquilla, su hija única, que por cierto no se ha visto cosa más linda en todo este país. La madre fue en tiempos una buena moza; pero la rapaza..., ¡qué comparación!
Don Custodio se sintió feliz y alborozado como un chiquillo, y sus pensamientos cambiaron de rumbo. Si la rapaza de los untos era bonita y humilde...