rajá

rajá

1. s. m. Soberano hindú.
2. vivir como un rajá Hacerlo con lujo y opulencia desde que le tocó la lotería vive como un rajá.

rajá

 
m. Soberano de la India.

rajá

(ra'xa)
sustantivo masculino
soberano de la India los soldados del rajá
Traducciones

rajá

Раджа

rajá

라자

rajá

SMrajah
Ejemplos ?
Pasen ustedes a mi taller, y así se formarán idea de cómo trabajo. Justamente tengo entre manos la gargantilla de un rajá, un tesoro de la India.
No me atrevo a fiar esta comisión a los sirvientes. ¡Sentirían horror! ¡El heredero del rajá de Visapura adoptado por la koregaresa! ¡Mamando de su leche inficionada!
¿Que otro guerrero de cuantos vuelan como la saeta a los combates y a la muerte, tras el estandarte de Schiven, meteoro de la gloria, puede adornar sus caballos con la roja cola del ave de los dioses indios, colgar a su cuello la tortuga de oro o suspender su puñal de mango de ágata del amarillo schal de cachemira, sino Pulo-Dheli, rajá de Dakka, rayo de las batallas y hermano de Tippot-Dheli, magnifico rey de Orisa, señor de señores, sombra de dios e hijo de los astros luminosos.
En la penúltima se alineaba una hilera de estupendas perlas, enormes, redondas, de dulce reflejo, lácteo y opalino. -Son las del rajá -advirtió la señorita-.
Recordó las palabras del otro cuando estaba a la orilla de la desgracia: «rajá, turrito, rajá», y afirmando la cabeza en el ángulo acolchado del respaldar, pensó en tiempos idos, cerrando los ojos para distinguir con claridad las imágenes de un recuerdo.
Mi profesión, el crédito ganado en ella, fue motivo de que visitase la residencia de una aristocrática señora llamada Kandyra, viuda de un rajá, a la cual los ingleses salvaron del célebre sacrificio vidual, ya casi caído en desuso.
Y así llegaron los cuatro ciegos al palacio del rajá, que era por fuera como un castillo, y por dentro como una caja de piedras preciosas, lleno todo de cojines y de colgaduras, y el techo bordado, y las paredes con florones de esmeraldas y zafiros, y las sillas de marfil, y el trono del rajá de marfil y de oro.
-Vivió y vive... Es el rajá de Visapura... Su madre sí que no tardó en morir, agobiada por el horrible secreto de que el futuro rajá era un paria...
El farmacéutico se levantó, extendió el brazo y haciendo chasquear la yema de los dedos, exclamó ante el mozo del café que miraba asombrado la escena: –Rajá, turrito, rajá.
El secretario del rajá los llevó adonde el elefante manso estaba, comiéndose su ración de treinta y nueve tortas de arroz y quince de maíz, en una fuente de plata con el pie de ébano; y cada ciego se echó, cuando el secretario dijo «¡ahora!», encima del elefante, que era de los pequeños y regordetes: uno se le abrazó por una pata: el otro se le prendió a la trompa, y subía en el aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro tenía agarrada un asa de la fuente del arroz y el maíz.
A veces imagino que la cigüeña vino de la India, donde pasó el invierno, y que los versos son obra de algún brahman, Rajá o nababo muy ilustrado, y, a veces, sospecho que bien puede ser algún erudito compatriota nuestro quien compuso los versos y quien colgó la tela al cuello de la cigüeña para embromar al que la encontrase.
«Vamos, dijo uno, adonde el elefante manso de la casa del rajá...