quinqué

quinqué

(Del fr. quinquet.)
s. m. Lámpara de mesa alimentada con aceite o petróleo y provista de un tubo de cristal que protege la llama.

quinqué

 
m. Especie de lámpara de petróleo con tubo de cristal, y gralte. con bomba o pantalla.
Traducciones

quinqué

SM
1. (para iluminar) → oil lamp
2. (= astucia) → know-how, shrewdness
tener mucho quinquéto know what's what, know what the score is
Ejemplos ?
Y de un modo tan agresivo hubieron de mirarse los dos viejos, que comprendiendo yo que en breve íbamos a tener que tocar el pito de carretilla, dejé el burlaero desde el cual sin ser visto acababa de oír el pintoresco diálogo, y colocándome entre ambos respetables contendientes, exclamé con voz la más ronca de mi reducido repertorio: -Vamos a ver si tenemos una miajita de quinqué y otra miajita de miramiento y otra miajita de lo que Dios manda y reparte.
Todas las manos, empuñando las copas, se extendieron hacia adelante y, el champagne, cayendo sobre éstas y describiendo en su fondo caprichosas ondulaciones, las tiñó con matices de oro, a través de las cuales se quebraban y se descomponían los rayos amarillentos del quinqué.
Y la pantalla del quinqué, colgado de la pared, por encima de la cabeza de Emma, iluminaba todos estos cuadros del mundo, que desfilaban ante ella unos detrás de otros, en el silencio del dormitorio y en el ruido lejano de algún simón retrasado que rodaba todavía por los bulevares.
De seguro que a no haber visto dirigirse a la gentil dama con su más familiar amiga -ambas rebozadas en tupidos velos- camino de la iglesia, donde se rezan las estaciones en aquella noche solemne; a no pensar que la hora, el tropel de gente arremolinada en el pórtico, brindaban ocasión favorable de poner con disimulo rendido billete en unas manos quizá en secreto ansiosas de recibirlo..., no se anduviera él en tal razón en la capilla, sino en su casa, leyendo a la clara luz del quinqué los diarios, o respirando en el balcón la regalada brisa nocturna.
Tuvo que detenerse en su labor porque el quinqué empezó a apagarse; la llama chisporroteaba, se ahogaba la luz con una especie de bostezo de muy mal olor y de resplandores fugaces.
La sala está alumbrada por un quinqué que consume un cuarterón de aceite, y en el comedor arde una bujía de estearina; junto a la bujía hay una bandeja, y en la bandeja un paquete de azucarillos y media docena de vasos llenos de agua.
La taberna sentíase halagada por la presencia de un huésped que llevaba tras sí la concurrencia, e iban entrando los admiradores a bandadas; no habían bastantes manos para llenar porrones, esparcíase por el ambiente un denso olor de lana burda y sudor de pies, y a la luz del humoso quinqué veíase a la respetable asamblea, sentados unos en los cuadrados taburetes de algarrobo con asiento de esparto y otros en cuclillas en el suelo, sosteniéndose con fuertes manos las abultadas mandíbulas, como si éstas fueran a desprenderse de tanto reír.
Fernando maldijo su suerte, su mala memoria que no le había hecho recordar que tenía poco petróleo el quinqué... en fin, recogió los papeles de prisa, y salió de la Biblioteca a obscuras, a tientas.
Al que apelaba sin falta, cuando, cumplidos todos sus deberes ordinarios, vulgares, fáciles, como pensaba ahora, aunque sintiéndolos difíciles, se quedaba sola, velando junto al quinqué, esperando al buen Osorio, que, allá, muy tarde, volvía con los ojos encendidos y vagamente soñadores, con las mejillas coloradas, amable, jovial, pródigo de besos en la nuca y en la frente de su eterna compañera, besos que, según las aprensiones, los instintos de ella, daban los labios allí y el alma en otra parte, muy lejos.
La generala estaba sola, sentada ante un veladorcito, bordando; inclinaba la cabeza; la luz del quinqué bañaba su pelo y el mechón relucía como nieve.
Subió la escalera a tientas, reparó al llegar a otra puerta cerrada, en que iba a obscuras; encendió un fósforo, abrió la puerta que tenía delante, entró en la portería, contigua al salón principal; encendió un quinqué, de petróleo, que aún tenía el tubo caliente, pues era el mismo con que momentos antes se había alumbrado; entró con su luz en el salón de la Biblioteca, buscó sus libros y manuscritos, que tenía separados en un rincón, y a los cinco minutos trabajaba con ardor febril, olvidado del mundo entero, sin oír los disparos que sonaban cerca.
Bajo la luz roja del quinqué, hablaba yo con "Aquel" que vive dentro de mí, de esta manera: –Necesito un cuento –le dije. –Mi querido Valdelomar, –repuso "Aquel"– voy a relatarle el que he visto...