quién sabe

Traducciones

quién sabe

who knows

quién sabe

chissà, ma
Ejemplos ?
CAPÍTULO XI Sacando arrojo quién sabe de dónde, decidí explorar el interior y me interné entre un laberinto de silenciosas salas mortuorias.
Sin temor penetró en aquella fúnebre mansión y a su paso iba tropezando con huesos y calaveras de quién sabe qué olvidados seres.
Cuando abrió los ojos, luego de haber permanecido quién sabe cuánto tiempo dormido, vio muy triste a todos aquellos que lo amaban.
Yo los buscaría para quererlos más. ¡Xavier, adiós por toda la vida!... —¿Quién sabe lo que guarda la vida? ¡Adiós, mi pobre María Antonieta!
Yo me estreché a él, ganada a mi vez por el homenaje tardío, pero sangriento de expiación, que venciendo quién sabe qué dificultades, nos hacían mis padres enterrándonos juntos.
De modo que así va el mundo» -pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable-. «¿Quién sabe?
Allí recordaba ella los días felices en que, en el bosque, contenía vino tinto, y aquellos otros en que vagaba mecida por las olas, portadoras de un misterio, una carta, un suspiro de despedida. En el desván pasó veinte años, y quién sabe hasta cuándo hubiera seguido en él, de no haber sido porque reconstruyeron la casa.
El profesor tenía gran talento, indudablemente llegaría a consejero; no tenía nada de imposible. Quién sabe si no construirla un palacio de verdad para nuestra damita.
Así transcurría su existencia, sin más, ni menos, sin mayor ni menor...como en la peor burocracia. Mas quién sabe por qué, aquella mañana llegó muy contrariado.
El negocio pordiosero deja grandes ganancias. Y aquella mujer parecía contar con los cachivaches adecuados para la miseria vivendis. Y quién sabe... pero...
Ya se encontraban muy cercanas, cuando sentí que mi cuerpo comenzaba a estirarse y hacerse más grande, más grande hasta que la descomunal hormiga quedó ahí abajo muy pequeña. Quién sabe porqué, pero había recobrado mi forma y mi estatura.
Allá en las torres del templo se observaba al sacristán que tocaba con ligereza las vetustas campanas, agonizantes de vejez y que a pesar de su antigüedad sonaban alegres y potentes como en los primeros días en que habían sido colocadas en las alturas, quién sabe si para estar más cerca de Dios o' más lejos de los hombres.