quiá

Traducciones

quiá

(anticuado) EXCLnever!, not on your life!
Ejemplos ?
¿Le rompió el bautismo a algún galán? ¡Quiá! Razonando filosóficamente, pensó que era tontuna perderse un hombre por perrerías de una mala pécora; que de hembras está más que poblado este pícaro mundo, y que, como dijo no sé quién, las mujeres son como las ranas, que por una que zabulle salen cuatro a flor de agua.
Ahora, si es de esos atravesaos que dan al diablo que hacer, y le torna a uno sobre ojo, ¡válgame Dios!, lo mejor que se le antoja es mandarle a uno a fregar la perilla del mastelero de mesana, o a tomar un riso a la gavia más alta, sin necesidad, en una noche de borrasca... Pero, ¡quiá!, ya no se ve de esto...
-También soy raquero. -¡Hola, hola! ¿Y qué tal el oficio? -¡Quiá, señor; si no sale para café!... ¿Me da dos cuartos? -Veremos si los mereces...
Pues bien, ahora puedo asegurarle que usted está enamorado. –Pero ¿de quién?, ¿de Rosario? –¿De Rosario...? ¡Quiá! ¡De la otra! –Y ¿de dónde sacas eso, Liduvina?
La vecina localidad de Puerto Vilelas se conoció inicialmente como Barranquitas (probablemente por su proximidad al pueblo mayor), y las desembocaduras de los arroyos Atajo y Quiá también se conocieron como Barranqueras.
-Pero alguna vez ya se descuidarán. -Quiá, no, señor. Ayer trinquemos, entre Pipa, Michero y yo, como tres libras de cobre; y pa eso, de poco nos guipan.
-¡Vaya una barbaridad! ¿Y ustedes entre sí, se llaman por esos nombres? -¡Quiá!... Pero lo sabemos; y como no la deshonran a una.
Don Valentín ordenó que no se le diese al enfermo más que leche, y de esta poquita de cada vez, pero doña Sinfo decía a otro huésped: «¡Quiá!
«Quiá, mi señor, no os pese, si os ultraja, --lo consoló--, que no es la culpa vuestra; sino del bruto que reposo y paja pedía más que justa, según muestra.
Pero eso de que se sienta uno envejecer, ¡quiá!; lo que siente uno es que envejecen las cosas en derredor de él o que rejuvenecen.
-Y hecha por Pica-Groom. -¿En la postura que yo digo? -¡Quiá! no, señor. Estoy de baile, como iba el domingo cuando usté nos encontró junto a la fábrica del gas.
– Estoy dispuesto a afeitar a vuestra merced dos veces por semana, o incluso tres, sin rechistar –contestó Iván Yákovlevich. – ¡Quiá!