querencia

querencia

1. s. f. Acción de querer o amar a una persona.
2. Tendencia del ser humano y de ciertos animales a volver al sitio en el que se han criado o al que acostumbran a ir.
3. Lugar preferido de las personas y animales.
4. Tendencia o inclinación hacia alguien o algo. apego
5. TAUROMAQUIA Inclinación del toro a preferir un determinado lugar de la plaza donde fijarse.

querencia

 
f. Acción de querer (amar).
Tendencia del hombre y de ciertos animales a volver al sitio donde se han criado o tienen costumbre de acudir.
Ese mismo sitio.
Traducciones

querencia

den, habit, haunt, lair

querencia

SF
1. (Zool) (= instinto) → homing instinct
2. (Zool) (= guarida) → lair, haunt
3. (Taur) → (bull's) favourite spot
4. (= terruño) → favourite haunt, home ground
buscar la querenciato head for home
5. (= morriña) → homesickness, longing for home
Ejemplos ?
No ves tú que lo que yo quiero pa arreglar este mal chapú es platicar cuatro palabras con tu Dolores antes de que tú güervas a su querencia.
Asín es que como el colmenero que yo igo está una miajita asoliviantao con el zagal de ostés, y ella está pa él más dura que una jerriza, pos lo que yo me dije esta mañana, que me dije: «Oye tú, señó Pepe Villarrubia: si tú quiées jechar por el camino mejor, hoy mesmito te vas a ver al señó Toño el Serrano, que es hombre que no tiée corcho en los sesos, y cuéntale lo que te pasa, que ya verás tú como él es hombre que se pone en razón y verás tú como sin dalle tormento al zagal, que no se lo merece, lo quita de esa querencia...
Joseíto se incorporó bruscamente, y cuando aquél penetró en la habitación: -No puées tú figurarte lo que me alegro de verte -le dijo-, poique es que yo ya no pueo seguir asina ni una horita más; yo necesito ver a mi Rosalía o que mi Rosalía se venga, y, sobre to, que con eso de mi Rosalía to lo veo yo una miajita turbio, y sa menester que tú me platiques la verdá y que me digas si es que mi jembra está más peor, poique pa mí que tiée que estarlo, cuando ella no se ha arrancao ya por carceleras y se ha vinío a mi querencia.
Don Pedro, cordobés aporteñado, cuyo rancho ocupaba, desde hacía veinte años, la mejor loma del campo, apreció, como lo merecía, la excepción hecha a su favor, que le permitía quedar en la querencia, donde había vivido tantos años, con la finada su mujer, y donde dejaba correr despacio los días, cuidando, con sus dos hijos, las pocas ovejas que le había dejado lo que él llamaba la mala suerte.
Y raras veces, en estos casos, andaba todavía con ella cierto lobuno que, desde que lo habían asustado los muchachos con un cuero que arrastraban, no perdía ocasión de mandarse mudar solo, para la querencia.
Y no era yo solo; que tós los muchachos jacían lo mesmo metiendo bullanga; porque mus dijera la seña Colasa qu'hay que meter bulla pa que los diablillos del Santo se salgan, porque tienen töavía la querencia d'hacer perrerías con la gente santa y atizá zurriagazos al Cristo qu'en aquellos tiempos le crucificaran.
Aquella vez, andaría descomunalmente rabiosa o habría perdido la medida, pues el viento quedó fijo en el sur, trayendo agua helada, durante tres días y tres noches; arreando, sin dejarlos descansar una hora, y llevándolos hasta ocho y diez leguas de la querencia, los yeguarizos y vacunos, y matando, a millares, los que habían quedado encerrados y los que, embolsándose en algún alambrado, no habían podido seguir caminando.
Y asín diban corriendo los días, cuando una noche el Chiquito, al que por horas y a to vapor se le diba repudriendo la sangre al ver cómo la Picúa encomenzaba a dejar su querencia por la del otro, y ya cansao de nunca poer empitonar bien al del Altozano, se metió una noche en la posá del Tomillares y encomenzó a jugar, como el chaveíta lo sabía jacer, como si ca chusco de los que ponía fuese un güeso de aceituna.
Sus hijos (estamos hablando de hombres de trabajo, no del gaucho andariego) crecían y morían sin haber salido de la “querencia”, ajenos al atractivo de lo extraño, impasibles, desinteresados de todo lo que no se proyectase en su pago para bien o para mal del mismo.
Por esto y porque los mulos, atraídos por la querencia, parecían tener alas y picaban prodigiosamente, el viaje de vuelta fue mucho más rápido que el de ida, y pronto se encontraron en el lugar los dos viajeros.
Pero los bueyes, recién traídos de otro campo más tierno, porfiaban sigilosamente, en las horas de descanso, para la querencia y don Nicolás, que bien sabía que mientras no estuviera del todo cerrado el campo, no había que fiarse demasiado de esa gente, habló de conchabar algún muchacho para cuidarlos.
uando Liborio Peralta hubo oído todo lo que contaba su amigo Antonio Mesquita, de los cambios con que, después de quince años, había topado en sus antiguos pagos, le dieron las ganas de ir, él también, a pasar unos cuantos días en la querencia vieja, para ver si era cierto lo que decía el compañero.