quejar

(redireccionado de quejaba)

quejar

(Del lat. vulgar quassiare < lat. quassare, golpear violentamente.)
1. v. prnl. Expresar una persona un dolor físico o moral con palabras o gritos se quejaba mientras le quitaban los puntos. clamar, gemir, lamentar
2. Expresar disgusto, descontento o disconformidad con una persona o una cosa se queja de los vecinos; me quejo porque es injusto. protestar
3. DERECHO Presentar una querella contra una persona el abogado se quejó contra el acusado. querellarse
4. v. tr. Causar un sufrimiento o una enfermedad dolor a una persona. aquejar

quejar

 
tr. Aquejar.
prnl. Expresar con palabras o gritos el dolor que se siente.
Manifestar uno su resentimiento.
Ejemplos ?
En muchas partes del centro de la ciudad que yo recorrí a pie, la gente se quejaba de que no podría salir de la zona de peligro porque el Ejército no la dejaba; se quejaban de que las fuerzas de seguridad permitían a los comerciantes sacar sus mercancías, pero a ellos no les permitían sacar una sola de sus pertenencias.
Y la tarde del día 24, el niño, más amodorrado que nunca, se quejaba mansamente de frío, a pesar de la gran chimenea, en que ardía alta hoguera de leña seca, cuyas llamas regocijaban y derramaban suave calor.
Por las noches, cuando la luna se levantaba, cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran ahorcando.
Se quejaba de todo; del cuarto que le habían dado, del lugar que ocupaba en la mesa redonda, del bañero, del pianista, del médico, de la camarera, del mozo que limpiaba las botas, de la campana de la capilla, del cocinero, y de los gallos y los perros de la vecindad, que no le dejaban dormir.
Notó Bernardo que allí nadie se atrevía a contradecir aquel dogma de la inutilidad de drogas y recetas, caras o baratas; todos decían amén a los desprecios del ricacho; nadie le proponía tal o cual específico para ninguno de los infinitos dolores de que se quejaba.
BERGANZA.—«Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado, estando cerradas las ventanas y yo cogiendo el aire debajo de la cama del uno dellos, el poeta se comenzó a quejar lastimosamente de su fortuna, y, preguntándole el matemático de qué se quejaba, respondió que de su corta suerte.
Estas tristes nuevas, oídas de Ricaredo, le pusieron en términos de perder el juicio, tales eran las cosas que hacía y las lastimeras razones con que se quejaba.
Debilidad y sueño. Me quejaba porque me dolía un poco la cabeza. Creo que estamos en presencia, querido colega, dijo el afeminado personaje, volviéndose a su compañero, un individuo rechoncho y carirredondo, de barbilla castaña y pelada cabeza, que me miraba con expresión entre irónica y despreciativa, de fenómenos neurasténicos atribuibles al estado de profunda debilidad en que se encuentra el paciente.
Todo lo cual, con sosegado silencio, estuvo escuchando el segundo huésped, coligiendo por las razones que había oído que, sin duda alguna, era mujer la que se quejaba: cosa que le avivó más el deseo de conocella, y estuvo muchas veces determinado de irse a la cama de la que creía ser mujer; y hubiéralo hecho si en aquella sazón no le sintiera levantar: y, abriendo la puerta de la sala, dio voces al huésped de casa que le ensillase el cuartago, porque quería partirse.
Las caras rojas, barnizadas por el sol, brillaban con el reflejo de las llamas del hogar: los cuerpos rezumaban el sudor de la penosa jornada, saturando de grosera vitalidad la atmósfera ardiente de la cocina, y a través de la puerta de la masía, bajo un cielo de color violeta en el que comenzaban a brillar las estrellas, veíanse los campos pálidos e indecisos en la penumbra del crepúsculo, unos segados ya, exhalando por las resquebrajaduras de su corteza el calor del día, otros con ondulantes mantos de espigas, estremeciéndose bajo los primeros soplos de la brisa nocturna. El viejo se quejaba del dolor de sus huesos.
He tenido ocasión de leer cartas de Namuncurá (pie de piedra) en que este le dice que los caciques Ranqueles, aunque tienen tratados con el Gobierno, no dejan de mandarle trescientos ó cuatrocientos hombres cada uno, cuando necesite gente para invadir, y se quejaba de que Shay-hueque nunca le hubiese enviado ni un solo indio.
Se quejaba de sufrir mareos desde comienzos de la estación; le preguntó si le sentarían bien los baños de mar; se puso a hablar del convento, Carlos de su colegio, y se animó la conversación.