Ejemplos ?
El muchacho dudó un segundo, como si no entendiese. Al cabo, entre un temblor de vida, con un llanto salvador, con un grito, en que su espíritu nacía, exclamó: -¡Qué bonito!
Sobre la mesa se veía la tetera, pero de ella no salía ningún saúco, y el anciano señor del piso alto se dirigía a la puerta para marcharse. -¡Qué bonito ha sido!
—¡Pobrecillo!... —y él se hizo el dormido — ¡Mira qué bonito! Un poco sucio en verdad, pero con un buen baño, una peinada, un buen insecticida y quedará como nuevo...
Y que sepan los enemigos de la Revolución que vamos a tener una pelea de frente, que nosotros tenemos todas las armas, pero no las usamos porque las tenemos para defender, incluso, el derecho de los que nos atacan; sin embargo, haremos uso del derecho que ellos tienen, que es el derecho también de exponer nuestras razones, el derecho de esgrimir nuestros argumentos y el derecho de desenmascarar aquí a los enemigos de la Revolución, porque hay quien ha dicho que lo de contrarrevolución es una fábula. ¡Qué bonito!
Bovary buscaba un ochavo en el fondo de su bolsa sin parecer comprender todo lo que había para él de humillación sólo con la presencia de este hombre que permanecía a11í, como el reproche personificado de su incurable ireptitud. ¡Vaya!, ¡qué bonito ramillete tienes!
-¡Vea usted qué gracioso! -me decía-. ¡Qué bonito! ¡Qué educado! Yo escuchaba esos elogios con el aire displicente del que de ninguna manera participa de ellos.
Aquí repiques y allá dobles. ¡Qué bonito!» Los mejores versos de esta corona fúnebre son los sonetos de D. Pedro Bravo de Castilla y de D.
(APLAUSOS.) No sé si piensan que nosotros estamos condenados, por naturaleza, a ser una especie de pueblo atrasado, una especie de pueblo explotado, una especie de pueblo esclavo; un pueblo para vivir explotado, pasando hambre, sin trabajar aquí nadie, durmiendo en un solar, víctima del garrotero, víctima de todos los especuladores, víctima de todo el mundo. ¡Qué bonito!
Pide limosna a los risueños transeúntes de la opulenta calzada entre el murmurar callado de sus labios secos y violáceos: —¡Qué bonito!
El Belén se presentaba a sus ojos, solitario, bajo el rayo de la estrella, fulgiendo entre los azules pabellones de tarlatana que figuran el cielo cercado de candelicas, dispuestas en arco a ambos costados. Una sonrisa de gozo se dibujó en el semblante de la pobre insensata. ¡Qué bonito! ¡La fuentecita, el agua que corre!
Así es que cuando delante de Bruck nombraban alguna región de nuestra patria, Asturias, Galicia, Málaga, Sevilla, no se le ocurría nunca exclamar: «¡Hermoso país!», «¡Costa pintoresca!», «¡Cielo azul!», «¡Qué poéticas son las Delicias!», o «¡Qué bonito el Alcázar!», como nos sucede a cada hijo de vecino, sino que las ideas que acudían a su mente y brotarían de sus labios si Bruck fuese locuaz, eran, sobre poco más o menos, del tenor siguiente: «Terreno hullero», «Buen yacimiento de gneiss», «Terreno triásico», «Formación cuaternaria».
Por este registro sí no había entonado el Maestro, y los niños estaban aterrados. ¡Y qué bonito estaba diciendo esas cosas: sin ponerse bravo ni nada, sino como el Curita cuando echaba las prédicas!