pretendiente

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pretendiente, a

1. adj. Que pretende una cosa.
2. adj./ s. Que aspira al noviazgo o al matrimonio con otra persona de joven tuvo muchos pretendientes. cortejador
3. Aspirante a desempeñar un cargo público.

pretendiente, -ta

 
adj.-s. Que pretende, procura o solicita una cosa.
Díc. esp. del que pretende a una mujer.
m. Persona que se cree con derecho a un trono.

pretendiente

(pɾeten'djente)
sustantivo
1. persona que solicita un cargo los pretendientes de un puesto laboral
2. persona que corteja a otra para iniciar una relación amorosa Mi vecina tiene muchos pretendientes.
3. persona que reivindica un trono los pretendientes de la corona
Sinónimos

pretendiente

adjetivo y cosustantivo masculino
aspirante, solicitante, candidato.
Candidato se utiliza cuando se pretende un cargo.
Traducciones

pretendiente

/a
A. SM/F (= aspirante) (a cargo) → candidate, applicant (a for) (al trono) → pretender (a to)
B. SM (anticuado) [de una mujer] → suitor
Ejemplos ?
Los sexos ahora se reúnen con la facilidad de perfectos iguales, pretendientes los unos de los otros para ninguna otra cosa excepto el amor.
A puñaos tenía los pretendientes, pero desde lejos, porque como yo tengo el genio que Dios me dio, y allí en Málaga me conocen a mí más que el monumento de Torrijos, pos lo que pasa, no se atrevía ninguno a enganchar en el fleco de su mantón ni uno de los botones de la americana, y una vez que uno se premitió arrimarse una miajita más de lo que el bando dice, lo cojí con dambas manos por dambos hijares, y na lo que pasó, que cuando lo sorté llevaba el litri cuasi asomándosele por la boca los riñones.
Formaban en cierta noche su tertulia un romántico, que se jactaba de ser por entonces el enamorado á quien ella tenía en candelero de plata; imo de esos que se llaman decadentes, la cual decadencia no es chicha ni limonada, y que esperaba tumo para reemplazar al anterior en el corazón voluble de la joven; .y un clásico, que hacía ya meses estaba borrado en el escalafón de los pretendientes, y que concurría á la casa sólo por divertirse con la rivalidad amatoria de sus otros dos cofrades en Apolo.
Rosario, que había nacido para ser buena y que no lograba arrancarse del corazón la imagen del único hombre amado, refugióse en brazos de su madre a llorar sus amarguras, y cada vez que algún rondador empezaba a zumbarle en los oídos promesas tentadoras y acariciadores propósitos, revolvíase iracunda y desdeñosa, y respondíale de modo tal que no quedábanle ganas a ninguno de sus pretendientes de volver con el recado.
Yo no le encuentro a esta carrera más inconveniente que uno, y es que hay pocos empleos; si no ya tendría yo el mío; esta es nuestra desgracia, porque como las revoluciones, conforme han dado en hacerlas en el día, no son sino cuestiones de nombre, todo el toque está en estos altos y bajos, en saber cuáles de unos o de otros han de ser dueños del cotarro. Ello no hay sino diez empleos (que es el mal que nos aflige) y veinte pretendientes.
Estos dos caballeros, iguales en cuna, valor y nobles prendas, servidores de un mismo rey y pretendientes de una misma dama, llamábanse Alonso de Carrillo, el uno, y el otro, Lope de Sandoval.
«Espere usted –me responden los otros–; hay tantos pretendientes en estas circunstancias.» «Pero, señor –replico yo–, también es preciso vivir en estas circunstancias.
Las diez.- Yo desempeño un papel triste. Soy la hora en que pretendientes, acreedores y sablistas se ponen en campaña, a fin de «coger en casa» a sus víctimas.
Este rey tenía una hermana, a quien impedía contraer matrimonio. Rechazaba todos los pretendientes, por no encontrar ninguno que le pareciera digno de ella.
Porque Elisa Rojas, sus amigas lo decían, ya no era niña, y si no empezaba a parecer desairada su prolongada soltería, era sólo porque constaba al mundo entero que tenía los pretendientes a patadas, a hermosísimas patadas de un pie cruel y diminuto; pues era cada día más bella y cada día más rica, gracias esto último a la prosperidad de ciertos buenos negocios de la familia.
Llegó la ocasión de ver el personaje imposible, pretendientes no mal recibidos al lado de su ídolo, y supo hacer, a fuerza de sinceridad y humildad y cordura, compatible con la dignidad más exquisita, que Elisa, en vez de encontrar desairada la situación del que la adoraba de lejos, sin poder decir palabra, sin poder defenderse, viese nueva gracia, nuevas pruebas en la resignación necesaria, fatal, del que no podía en rigor llamar rivales a los que aspiraban a lo que él no podía pretender.
El virrey hizo echar por tierra la puerta, obligó a los religiosos a elegir un tercero, y tomando presos a los dos pretendientes, promovedores del tumulto, los remitió a España sin más fórmula ni proceso.