Ejemplos ?
-Vos cuidaréis de decírselo. -¡Muy honrado, Excelencia! Ya sabéis que el postillón está enfermo... Habrá que buscar otro. Si me autorizáis para ello yo me encargo de hallar uno que os deje contento.
La voz del viejo y su mirada esquiva, despertaron en mi alma una sospecha. Juzgué que era temerario confiarse a tal hombre, y le dije: -Yo veré a mi postillón.
No pude menos de reírme largamente. Llamé a Musarelo, y le ordené que se enterase del mal que aquejaba al postillón. Pero Musarelo había bebido tanto, que no estaba capaz para cumplir mi mandato.
Salió como para dar una orden a su postillón con el señor Canivet, que tampoco tenía interés por ver morir a Emma entre sus manos.
Al llegar a la posta, todos se bajan a desentumecer las piernas, ayudando al mayoral y al postillón a agarrar otros seis mancarrones flacos, para reemplazar a los anteriores que, en libertad ya, y agraciados cada uno con un cuerazo en la grupa o un puntapié en la panza, se revuelcan en el camino, antes de ir a buscar por allá una mantención raquítica, en perfecto desacuerdo con el esfuerzo matador que acaban de hacer.
Cuatro andaluces caballos, que en torno lodo salpican, en humo y sudor envueltos de ella presurosos tiran; y del postillón las voces con que los nombra y anima, del látigo los chasquidos que los acosan y hostigan, el son de los cascabeles, y el de las ruedas que giran rápidas, tras sí dejando dos huellas no interrumpidas, forman estruendo confuso, y que viene posta avisan a los carros y arrïeros, que hacia un lado se desvían.
Era en punto mediodía: Entra por fin, y molestos los guardas el carruaje detienen corto momento. Los maldice y les da oro, porque le detengan menos: «Corre», al postillón le grita, y torna a marchar de nuevo.
bajo cubierta de este Administrador de Correos a Curriel o no sé qué empleado de esa renta; pero tuvo el sentimiento de saber que mi correspondencia llegó 2 minutos después de haber salido el postillón: el Administrador dejó las cartas para remitirlas hoy.
Tras ese monte azul cuya alta cumbre lanza reto de orgullo al zafir de los cielos, está el pueblo gentil donde, al arrullo del maternal amor, rasgué los velos que me ocultaban la primera lumbre. ¡En marcha, en marcha, postillón, agita el látigo inclemente!
Hay fiesta en el espacio y la campaña, fiesta de paz y amores: acarician los vientos la montaña; del bosque los alados trovadores su dulce canturía dejan oír en la alameda umbría; los menudos insectos de las flores a los dorados pístilos se abrazan; besa el aura amorosa el manso Guaire, y con los rayos de luz se enlazan los impalpables átomos del aire. ¡Apura, apura, postillón, agita el látigo inclemente!
Y como no se debe despreciar las pequeñas utilidades, y que la galera pasa cerca, el postillón tiene su puesto en la orilla del campo, y nunca le faltan, para vender al dueño de la galera, caballos, a precios tirados; las marcas, en general, están en llagas vivas y algo mal pintadas, en los certificados, pero todos los sellos están; y la necesidad, siempre reñida con los escrúpulos, hace que el comprador prefiera dejarlos a un lado que pelear con ellos.
Hierve taciturno el pueblo en derredor. Manda Vargas, turbado con tal encuentro, que tome por otra calle, al postillón. Revolviendo este los caballos, torna por un callejón estrecho, y a la calle ansiada llega después de corto rodeo.