pordiosero

(redireccionado de pordioseros)
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pordiosero, a

(Derivado de la locución por Dios.)
adj./ s. Que pide limosna un pordiosero pedía dinero para poder comer. mendigo

pordiosero, -ra

 
adj.-s. Díc. del pobre que pide limosna.

pordiosero, -ra

(poɾðjo'seɾo, -ɾa)
sustantivo masculino-femenino
1. persona que pide limosna ayudar a un pordiosero
2. persona de aspecto descuidado que pertenece a la clase baja de la sociedad En la esquina hay un pordiosero ebrio.
Sinónimos

pordiosero

, pordiosera
adjetivo y sustantivo
mendicante, mendigo, mendigante, pobre, desaliñado.
Pordiosero es la persona que pide limosna; desaliñado alude al aspecto externo de este.
Traducciones

pordiosero

Bettler

pordiosero

beggar

pordiosero

/a SM/Fbeggar
Ejemplos ?
Allí al lado pasean todo el día la plazuela de Santa Ana los innumerables representantes de la legua que vienen en la Cuaresma a hacer oposición a las plazas de farsantes y que riñen sobre si han de hacer un día de reyes y otro de pordioseros en Madrid o en Alcalá, como si todos los parajes del mundo no fueran tan buenos unos como otros para hacer los tontos.
Hablaba con todo bicho viviente; con el dueño del hotel, con los vecinos de mesa, que la piropeaban; con los golfos de la calle, con los pordioseros, con los guardias de Orden Público.
Los aviones fascistas nos tiran en sus visitas, diarios en los que pueden leerse listas de suscripciones para los que luchan, ni más ni menos que hacéis vosotros. Por esto tenemos que deciros que no somos pordioseros y, por lo tanto, no aceptamos la caridad bajo ningún concepto.
Los naturales son los enanos, agigantados, contrahechos, calvos, corcovados, zambos y otros que ienen defectos corporales, a los cuales fuera inhumanidad y mal uso de razón censurar ni vituperar, pues no se lo adquirieron ni compraron excepto a los que de tal defecto hacen oficio, como en la corte se ve; pues el manco, en vez de aprenderle de a pie como es sastre, tejedor y otros compra una muleta, estudiando la lamentona y plañidera y otras acciones de pordioseros, ándanse de iglesia en iglesia, de casa en casa, ya moviendo los ánimos con la lastimona, ya con la importuna.
Entonces, Abdalá el Susi se incorpora de un salto, se acerca a uno de los pordioseros y de un puñetazo trata de derribarlo del borrico.
Un tropel de pordioseros, sucios y desharrapados, y de mendigos enfermos la cercaron, tratándola con furia y desprecio, y la llevaron a un inmundo muladar.
vio otra vez a su don Pantaleón soltando trigo a diestro y siniestro como la molienda de San Isidro Labrador... El enjambre de los pordioseros de nuevo le seguía, como las abejas de una colmena que llevan de un lado a otro.
Los dominios de la Argentina son tan vastos, tan variados Y tan fecundos, que para toda clase de empresas ofrecen terreno propicio; y llama y brinda generosa hospitalidad a todos los hombres de buena voluntad que quieran venir a habitar en ellos y explotarlos en alguna forma. ¡Pordioseros que aquí llegáis, dejad de mendigar!
Comúnmente se ve a escritores que en una cláusula emplean todo el corte gramatical del siglo XVII, i en otra varían de fraseo i cometen imperdonables galicismos de construcción: recuerdan a los pordioseros jóvenes que se disfrazan de viejos baldados, hasta que de repente arrojan las muletas i caminan con ajilidad i desembarazo.
Sin saber cómo llegaron a juntarse en el Gran Consejo de Siké como las langostas en una trampa, o los camarones en un remanso, o las moscas en un estercolero, o los penitenciarios en una cárcel, o los pecadores en el Infierno, o Cielo negro; sin saber cómo llegaron a juntarse en el Consejo, pordioseros, tránsfugas, oradores, criminales, hombres de ciencia, sacerdotes de Buda, bellacos, traidores, mudos, tramposos, deshonestos; había allí quienes huyendo de la justicia se habían acogido bajo el artesonado del Consejo, como los mirlos bajo los duraznos en flor; los había leprosos de cuerpo y de alma; los había que vendían sus votos por un puñado de arroz, o por un yen; los había, en fin, que no teniendo qué vender, vendían a sus compañeros.
A la puerta de un restaurante, unos vagabundos italianos entonaban otra romanza melancólica, semejante a la de Florencia, pero que parecía deshonrada por el lugar, lejos del dulce paisaje en que vio la luz, cortada a trechos por los chillidos del cornetín del vecino baile, interrumpida por el trotar de los borriquillos alquilones de Robinsón y los gritos de las muchachas que se bamboleaban sobre la silla, próximas a caer, mostrando sus piernas con el impudor del miedo. «¡Morir!», cantaban también estos pordioseros, acompañados por el grave bordoneo de una guitarra.
Ello era, que en cuanto salía de casa le rodeaban los pordioseros; le acosaban cojos y mancos, mujeres harapientas con tres o cuatro crías colgadas del cuerpo, por el pecho y por la espalda; pilluelos descalzos, que saltaban como gozquecillos tras los faldones de su levita...