picacho

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picacho

s. m. GEOGRAFÍA Punta aguda en que terminan algunos montes y riscos. pico

picacho

 
m. Punta aguda, a modo de pico, que tienen algunos montes y riscos.
Traducciones

picacho

pic

picacho

aiguille

picacho

Peak

picacho

пик

picacho

piek

picacho

pico

picacho

الذروة

picacho

szczyt

picacho

vrchol

picacho

Peak

picacho

שיא

picacho

ピーク

picacho

피크

picacho

topp

picacho

SMpeak, summit
Ejemplos ?
Hoy tu plateada cima, reducida a pesados fragmentos, hace entrever un abismo sin fondo, rodeado de peñascos que amenazan con su caída a las vecinas comarcas; y sin embargo te alzas con orgullo sobre los picachos que te circundan, y ostentas tus deslumbrantes perfiles en una curva en cien partes hendida, al solo amago del brazo del Altísimo.
Blanca plumilla de nieve, revoloteó un día por encima de los enhiestos picachos y los helados ventisqueros, hasta que azotada por una ráfaga quedóse adherida a la arista de una roca, donde el frío horrible la solidificó súbitamente.
Este es un minero de veras -me decía el mayordomo, señalándome a Andrade, un viejo de barbas blancas, tostado y rudo como un bronce viejo, alto, firme todavía, de ojos negros, brillantes e inquietos. El sol moría tras los altos picachos de la mina.
Los picachos montañosos que la dominan imponen al ánimo, y por sus quebradas abruptas trepa una vegetación semiafricana sin lozanía, a pesar de los vivos riachuelos que desatan sus aguas cristalinas entre escuetos riscos.
Al unísono de los estampidos, oíanse gritos de muerte, alaridos de hombre y de mujer unidos por la misma cólera, sordas ronqueras de caballos espantados, furioso ladrar de perros; y cuando la radiación eléctrica esparcía su intensa claridad sobre el cuadro, tiñiéndolo de un vivo color amarillento, mostraba el ojo del atacante, en medio de nutrido boscaje, dos picachos negros de los que brotaba el plomo, y deformes bultos que se agitaban sin cesar como en una lucha cuerpo a cuerpo.
Antonio seguía soñando solo en medio de los que con él huían de los patrios lares; seguía soñando y contemplando en su imaginación la imagen de la hembra querida, con su cuerpo bizarrísimo, con su semblante moreno de tez suave y brilladora, de ojos negros y pasionales, de nariz ligera y graciosamente arremangada, de boca algo grande, de labios rojos y fragantísimos que dejaban ver casi siempre la dentadura, si algo desigual, tan nítida, en cambio, como la nieve que en invierno matizaba los picachos de la montaña, y viéndola parecíale oír su voz dulce y sonora que le repetía sin cesar: -¡Ay, Antonio, y qué feliz que yo sería si alguna vez pudiera ser, además del ama de tu presona, el ama del olivar y el ama de los bancales!
Allá a lo lejos, la oscuridad azulosa de los montes del fondo, con sus perfiles de puntiagudos picachos y denteladas rocas que se cortan oscuras en un ángulo de anfractuosas sinuosidades sobre el diáfano azul pálido del cielo y la blancura deslumbrante de las nubes matinales.
Monarca de las montañas, contempla a sus plantas los picachos más altos de la cordillera occidental, toca al cielo con su cabeza, y ostenta a la faz de una gran parte del pueblo ecuatoriano su nítido ropaje, en cuyos anchos y variados pliegues se hallan, casi desprendidas, rocas de diversas figuras y tamaños, en ademán de lanzarse de un momento a otro a las profundidades del abismo.
Es la leona herida que va a echarse jadeante, lejos, en el fondo del bosque, al que ha llevado entre los dientes y dando cortos rugidos a sus cachorros, que amamanta para la venganza; es el águila que esconde su nido en las grietas de los picachos inaccesibles, y grazna siniestramente desde allí, con las plumas erizadas por los vientos de tempestad que sacuden los horizontes; que mira, con los ojos encendidos, a sus crías, su esperanza, sus aiglons, que un día saldrán de allí para la conquista del porvenir, cuando el águila caudal se haya perdido en las infinitas transparencias del azul.
LLÁ, cabe la frontera, teniendo el mar por espejo; por techumbre la azulada bóveda del firmamento; por diadema los picachos de eterna nieve cubiertos; por guardián la cordillera del hermoso Pirineo; hay un valle ¡vallecito!
Cuando la primera luz del alba coloreó el horizonte por encima de los diamantinos picachos de la Sierra Nevada resonó grave y monótono el caracol salvaje por el fondo de los barrancos que sirven de fosos profundos a la altiplanicie de Mérida.
Para las dos víctimas, «los bosques del valle murmuran, las flores exhalan tristes perfumes, el ruiseñor llora cerniéndose sobre los picachos rocosos y la golondrina revolotea sobre los sinuosos valles»; «los sátiros y los faunos, velados de negro, gimen»; las ninfas de las fuentes se deshacen en llanto que forma arroyos que van a perderse a los bosques; las cabras y las ovejas abandonan sus pastos; las Oréades, que se complacen en escalar las inaccesibles cimas de las rocas más altas, descienden corriendo de los pinares, cuyos árboles gimen acariciados por el viento, mientras las dríades se inclinan entre las ramas de los árboles enmarañados y los ríos lloran a la blanca Procris, «con todos los sollozos de sus olas...» .