Ejemplos ?
-Pos mire usté: dos perras gordas de guifa, una perrilla de añejo, otra de garbanzos y una gorda de arroz, son cuatro gordas, y otras cuatro pa un pan...
Pero es que hay mucho más en el capacho; es que además de to lo que le he dicho, me pasa que no pueo sosegar ni un minuto, porque es que esa mujer es más celosa que un tigre, y si me mudo la elástica, ¡cita al canto!; si llevo un caramelo en el bolsillo, ¡una toma que me han preparao!; si estornudo dos veces seguías, ¡ya se sabe!, es que me costipé al desnudarme en otro cubril; si al acostarme tardo dos minutos en coger el sueño, es porque estoy caviloso pensando en otra; si me duermo en seguía, es, porque ella ya no me jace caso; si gasto dos perras gordas...
Tocan las campanas, tocan dando güertas, qu'asín tocan siempre los días de fiesta. Hay riñas de gallos en la resolana de las corraletas, y en el artozano, junt'a los ceviles, unos zagalones se juegan las perras.
Mira la suerte desgraciada de Acteón, al que las mismas perras rabiosas que él había criado destrozaron, a él, que mejor en la caza con jauría que Ártemis se había jactado de ser.
Aquellas dancitas antiguas, aquellas melodías románticas, monótonas, pero de sencillez y naturalidad simpáticas, apacibles, entrañables, le sabían a gloria al perro. El Quin nunca había amado. Las perras le dejaban frío. Aquella brutal poligamia de la raza le hacía repugnante el amor sexual.
Y yo, qu'era malo, más malo qu'un vendo, me voy detrás d'ellas. Me voy detrás d'ellas sin ver a los gallos que riñen los mozos en las corraletas; sin tomá las once, sin jugá las perras.
Alina quiere esquivarlo, él la agarra por los cabellos y, arrastrándola a su gabinete junto con Zelmira y Hébé, las dos muchachas de su serrallo: —Ya veréis, ya veréis —dijo a sus amigos—, cómo voy a enseñar a esas perras a que me pongan coños bajo la mano cuando lo que quiero son pitos.
Me voy tras las mozas porque va con ellas la que yo dinguelo, la que me dinguela con sus ojos tristes de miras mu tristes, con sus ojos tristes de miras mu negras. Yo, qu'era tan malo, me voy pa l'iglesia sin tomá las once, sin jugá las perras, sin dir a las riñas de las corraletas.
No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más de cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y una vieja bata de noche.
La prisa que le estaba dando la buena pieza de su sobrino, era «motivá» por las ganas de largarse al baile, a gastar las perras y volver, si a mano viene, con la crisma rota.
-Si yo confieso mi verdadera situación -decíame Germana, al referirme su escondida tragedia-, o me vuelven la espalda o me dan unas «perras» de limosna...
La escasez de perras en la aldea es uno de los males que más afligen a la raza canina del campo; por una selección interesada, en las alquerías se proscribe el sexo débil para la guarda de los ganados y de las casas; y al perro más valiente le cuesta una guerra de Troya el más pequeño favor amoroso, por la competencia segura de cien rivales.