perfumado


También se encuentra en: Sinónimos.
Sinónimos

perfumado

, perfumada
Traducciones
Ejemplos ?
¡Oh, cuando ella recobrara de nuevo los tonos nacarinos de sus mejillas, el brillo de sus ojos, la elasticidad de sus músculos; cuando ella pudiera correr y cantar sin sentir aquella mano de hierro que la ahogaba! ¡Oh, cuán hermoso es poder respirar a pleno pulmón, llenárselos con aquel aire tan rico, tan perfumado!
El rey, en su billar de la Casa del Labrador, recordaba de tarde en tarde, con el taco en la mano, los lejanos dominios, al enterarse de un nuevo envío de perfumado rapé, de rico chocolate o de conchas y metales preciosos, regalo de los buenos súbditos.
No sé qué ambiente luminoso y embriagador la rodeaba; no sé qué efluvios sutiles, delicadísimos, se desprendían de su cuerpo joven, perfumado, libre y suelto como el de las estatuas helénicas dentro del amplio plegazón del ropaje...
Se la podía comparar a la luna, que en aquel mismo instante ascendía por el cielo, sombríamente azul, y cuyos rayos argentaban el mármol del pavimento y el ligero chorro del surtidor perfumado que caía en un piloncillo, en medio de la estancia.
Después del final de la comedia: Remigio, con el sombrero puesto a guisa de solideo (el sombrero ya no tiene erizada la felpa), sujeta a un idealista muy bien vestido y perfumado, por las solapas de la levita.
Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que al recibirlo en el perfumado seno sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas.
Pronto llegó al Ida, abundante en fuentes y criador de fieras, al Gárgaro, donde tenía un bosque sagrado y un perfumado altar; allí el padre de los hombres y de los dioses detuvo los bridones, los desenganchó del carro y los cubrió de espesa niebla.
Honorio Aparicio, castellano viejo y marqués de Santa Rosa de los Ángeles. Era la niña un fresco y perfumado ramilletico de diez y ocho primaveras.
Bajó después al perfumado tálamo, que era de cedro, tenía elevado techo y guardaba muchas preciosidades; y llamando a su esposa Hécabe, hablóle en estos términos: —¡Hécabe infeliz!
Había sobre tu mesa de trabajo un vaso de antigua mayólica lleno de orquídeas monstruosas; un ejemplar de Tíbulo manoseado por seis generaciones, y que guardaba entre sus páginas amarillentas la traducción que has estado haciendo; el último libro de no sé qué poeta inglés; tu despacho de General, enviado por el Ministerio de Guerra; unas muestras de mineral de las minas de Río Moro, cuyo análisis te preocupaba; un pañuelo de batista perfumado que sin duda le habías arrebatado la noche anterior en el baile de Santamaría al más aristocrático de tus flirts; tu libro de cheques contra el Banco Anglo Americano, y presidía esa junta heteróclita el ídolo quichua que sacaste del fondo de un adoratorio, en tu última excursión, y una estatueta griega de mármol blanco.
Blanco lirio, que entre nieve cosiguió brotar apenas transplantado a las amenas praderías del Genil, en sus cármenes fecundos con su riego nutritivo, perfumado, fresco altivo, desplegó su flor gentil.
El ambiente que se respira es puro, y perfumado, en un país cuya vegetación permanente de plantas olorosas, no sigue, como en otros, el curso ordinario de las estaciones.