paisaje


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paisaje

(Del fr. paysage.)
1. s. m. Lugar que se considera digno de ser contemplado por ser muy bello absortos en la contemplación del paisaje, no advertimos que caía la noche.
2. Configuración del terreno en un lugar determinado me sorprendió la frescura del paisaje vasco.
3. FOTOGRAFÍA, PINTURA Dibujo, pintura o fotografía que representa un paraje natural me gustan los paisajes impresionistas.

paisaje

 
m. pint. País.
El campo abierto en su aspecto artístico.
geol. paisaje kárstico El que se produce en las regiones con abundante roca caliza; en estas zonas la erosión que ejerce el agua tiene lugar tanto en la superficie como en el interior de la masa rocosa.
urb. paisaje urbano Conjunto de características morfológicas del espacio urbano.

paisaje

(pai'saxe)
sustantivo masculino
1. extensión natural digna de ser contemplada Miraba el paisaje desde el balcón.
2. arte pintura o fotografía que representa una porción de terreno Los pintores de hoy ya no hacen paisajes.
Sinónimos

paisaje

sustantivo masculino
Traducciones

paisaje

paysage, décor

paisaje

krajina

paisaje

landskab, sceneri

paisaje

Landschaft

paisaje

maisema

paisaje

krajolik

paisaje

風景

paisaje

경관, 경치

paisaje

landschap

paisaje

landskap

paisaje

landskap, naturomgivningar

paisaje

ทิวทัศน์, ภูมิประเทศ

paisaje

manzara

paisaje

phong cảnh

paisaje

风景, 景观

paisaje

пейзаж

paisaje

景觀

paisaje

SM
1. (= terreno) → landscape
el paisaje montañoso del Tirolthe mountainous landscape of Tyrol
paisaje interiorstate of mind
2. (= vista panorámica) estaba contemplando el paisajeI was looking at the scenery
desde aquí se divisa un paisaje magníficoyou get a magnificent view from here
3. (Arte) → landscape
Ejemplos ?
La luna plateaba el paisaje hermosamente bravío; mansa brisa hacia ondular las ramas de los nogales y quejigos; de vez en cuando cruzaba el espacio con vuelo blando y silencioso alguna que otra ave agorera proyectando en las riscosas faldas su fantástica silueta fugitiva; el silencio de la noche era turbado únicamente por el sonoro latir de los mastines, que velaban en los blancos caseríos y por el lento caminar de los contrabandistas que, jinetes en caballos enjutos y voladores, precedían y escoltaban las poderosas acémilas por las más ocultas veredas.
Cruzando un largo pasillo, abierta una puerta grande, entraron en un salón inmenso, todo obscuro, y al pronto, una luz sola, intensísima, ardió en el espacio, y sus fulgores astrales alumbraron un paisaje sorprendente.
Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto. En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó a iluminarse.
Aquella mano de poder y de voluntad me clavaba las palabras en la garganta, y sentía bajo su opresión fundirse y deshacerse en mí toda veleidad de rebelión; rodábamos ahora fuera de las fortificaciones y por grandes carreteras bordeadas de hayas y de lúgubres tenderetes de vendedores de vino, merenderos de las afueras cerrados hacía tiempo; desfilábamos bajo la luna, que por fin acababa de perfilar una masa flotante de nubes, y parecía derramar sobre aquel equívoco paisaje de las afueras una capa granizante de sal; en ese instante me pareció que los cascos de los caballos sonaban en el terraplén de la carretera, y que las ruedas del coche, dejando de ser fantasmas, chirriaban en la grava y en los guijarros del camino.
Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo, ahora el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo y bañaba todo el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la niebla.
Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.
Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino.
En la alameda Un manantial recita Su canto entre las hierbas. Y el caracol, pacífico Burgués de la vereda, Ignorado y humilde, El paisaje contempla.
Y los hombres sintieron que se separaban de sí mismos y que sus cuerpos eran sólo materia y que sus mentes eran sólo energía. Una fuerza inconmensurable los dividía para arrastrarlos en aquel recién surgido paisaje sin formas ni siluetas.
Campanarios lejanos Llaman gente a la iglesia, Y el caracol, pacífico Burgués de la vereda, Aturdido e inquieto, El paisaje contempla.
pues... —¡Bah! Soy un triste paisaje, un panorama melancólico... Es un pago a las hazañas de mi familia. El costo de sus momentos brillantes...
No supe cuánto tiempo pasé así, mas en cuanto hube recuperado algo el conocimiento, vi a lo lejos, entre sorprendido suspiro, un hermoso oasis de espigadas palmeras que rodeaban a un pozuelo de aguas muy transparentes, o por lo menos así lo aparentaban; era cual el jagüey del pueblo de mi abuela, ese que en Entre la bruma dejé relatado: un pequeñísimo lago de aguas estancadas; entonces me estremecí gozoso como si algo hubiese resplandecido en mi ser y mi cuerpo se repuso; lleno de inmensa y súbita felicidad quise proseguir, pero no pude; las piernas no me ayudaban. El paisaje, era el movible, como si caminara.