Ejemplos ?
Dígame usted, señora Teresa: ¿está mala acaso la joven princesa de Santurce? Todo esto si se dirigía a la madre, y, si era la gallega, decíale con mayor furia: -¡Oye y entiende, monstruo de Mondoñedo!
- ¿Qué hora es? -preguntó el boticario con suma tranquilidad. - Las once. Pero ¿no oye usted que entran? - ¡Déjalos! Ya es hora. - ¡Hora!...
En aquel instante, y antes de que pudiera responder a la muchacha la vendedora, golpearon suavemente en la puerta de la sala, y preguntó a la primera desde el corredor Mariquita la Pañolines: -Oye tú, Rosario, ¿está entoavía ahí la señá Rosalía, la vendeora?
Y oye tú, Pepe -añadió Paco, dirigiéndose al mozo, que con las mangas de la chamarreta arrolladas ocupábase en enjuagar copas y vasos en una de las piletas del mostrador-, a ver si nos llevas al patio dos copas y dos botellas y dos petates, por si las botellas nos jacen traición, que esas charranas son algunas veces mu malas y traicioneras.
--Sí; adiós. Y me cogió una mano. --Oye... (continuó); si mañana hay, como se cree, una batalla, y nos encontramos en ella.... --Ya lo sé: somos amigos.
Segunda cosa: van a mandar un bando que te voy a hacer llegar allá para que se lo tires a los extranjeros que están en situación ilegal, o bien legal pero que tienen que presentarse en las comisarías... A la prensa, no. Oye, aló, aló, ninguna circulación de prensa por el momento, viejo.
Lo juro por esta santa medalla que mi madre llevó siempre al cuello... Lo juro por... ¡Pero usted no me oye!... ¡Usted no me contesta!
Pinochet: -Conforme, conforme, eso es lo que quiero. Carvajal: -¿Lo puede acompañar el señor Puccio? Pinochet: -Conforme. Oye, ¿y los otros dos señores que están ahí? ¿Cuáles son?
¡ Piapiá! ¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está!
Y diciendo esto, pego un brinco, me voy a la puerta de la calle y le grito al que capitaneaba el pelotón, que era uno al que le decían el Moreno, y el cual ya estaba casi en los límites de la provincia: -Oye, tú, ven acá, que voy a hacerte un regalo.
Y tan no les tengo mala voluntá que yo, que no me los he trompezao entoavía, si me los trompezara ahora mismo, pongo por caso, y yo hubiera visto como he visto a los del tricornio, les diría: «Oye tú, Muleto, y oye tú, Niño, a ver si sus largáis de aquí, que sus va a goler la cabeza a pórvora y sería un contra Dios que sus pasara cosa de tan mal arate.» Y al decir esto sonrió irónicamente el viejo, mirando con ojos radiantes de malicia a los para él, sin duda, desconocidos.
El de los Bigotes posó la imponente mirada en el recién llegado; un mohín de disgusto probó a Antonio una vez más las dificultades de su empresa, y -Oye, tú, Garabato -exclamó Currito encarándose con uno de sus amigos-, si viée el Tomatera dile que me aspere, que tengo que decirle una cosa que a dambos mos interesa; que yo voy a ver pa qué me quiere a mí este caballero.