naturalista


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naturalista

1. adj. Del naturalismo Zola estableció la estética naturalista .
2. adj./ s. m. y f. ARTE, FILOSOFÍA, LITERATURA Se aplica a la persona que profesa el naturalismo artístico, literario o filosófico.
3. s. m. y f. OFICIOS Y PROFESIONES Que está especializado en el estudio e investigación de las ciencias naturales.

naturalista

 
adj. Concerniente al naturalismo.
adj.-com. Que profesa el naturalismo.
com. Persona que por profesión o estudio se dedica a la historia natural.

naturalista

(natuɾa'lista)
abreviación
que está relacionado o es seguidor del movimiento artístico del naturalismo los filósofos naturalistas

naturalista


sustantivo
persona que estudia las ciencias naturales Como naturalista analizaba el comportamiento celular.
Sinónimos

naturalista:

fisiatranaturista,
Traducciones

naturalista

přírodovědec

naturalista

naturforsker

naturalista

luonnontieteilijä

naturalista

naturaliste

naturalista

prirodoslovac

naturalista

自然誌研究者

naturalista

자연주의자

naturalista

naturalist

naturalista

naturhistoriker

naturalista

naturalista

naturalista

naturalista

naturalista

naturalist

naturalista

นักธรรมชาตินิยม

naturalista

nhà tự nhiên học

naturalista

自然主义者

naturalista

A. ADJ (Arte) → naturalistic; (= realista) → realistic
B. SMF
1. (Arte) → naturalist
2. (= nudista) → naturist
Ejemplos ?
(echaba fuego naturalista por los ojos) cuando se la birlan o le pisan el callo de que dejo hecho mérito, ¿prorrumpe usted en décimas calderonianas, ni se acuerda para nada de que hay fango en la tierra y de que el crimen es un lodazal?
-Y ella está terminado su "toilette" en compañía de una amiga, para ir a lo de un desvergonzado, que se las da de naturalista, con el objeto de que le adivine qué enfermedad padece, la cual, entre paréntesis, consiste en unas eczemas, naturalmente duras de curar, debido a que es diabética.
Todos reconocían que no había sabio en el país que pusiera el pie delante a Glauben en punto a ciencia contemporánea; era sociólogo, psicólogo, naturalista, matemático, lógico, lingüista; estaba al tanto de los últimos descubrimientos; manejaba los petits faits como el primero; estaba de vuelta de todas las grandes ilusiones del idealismo genial que un día predominara en su patria; planteaba la cuestión como podía hacerlo un Wundt, un Spencer...
De las tres piecitas del rancho, una les servía de living-room, la otra de dormitorio, y la tercera, más pequeña aún que las otras, la ocupaban el laboratorio y el cuarto de baño, mitad por mitad. Físicamente, el naturalista personificaba al noruego clásico, muy alto, muy rubio y con mi­rada infantil.
El nefasto descifrado hispánico acomodó todo un filosofar naturalista y materialista a sus propios códigos feudales y nos lanzó a una pérdida de identidad que aún hoy es evidente en los mexicanos.
Y aunque algún neófito naturalista pueda acusar al pobre Aquiles de idealismo e inverosimilitud, lo histórico es que Zurita huyó, huyó otra vez: huyó de Tula como había huido de Concha y de Engracia.
Oid un cuento... ¿Que no le queréis naturalista? ¡Oh, no! será idealista, imposible... romántico. Monasterio tendió el brazo, brilló la batuta en un rayo de luz verde, y al conjuro, surgieron como convocadas, de una lontananza ideal, las hadas invisibles de la armonía, las notas misteriosas, gnomos del aire, del bronce y de las cuerdas.
Los plazos prefijados al laborioso naturalista eran evidentemente demasiado estrechos, comparados con el ámbito inmenso y la diversa naturaleza de sus acumuladas investigaciones.
Asisto a las clases de un profesor de física de origen italiano que acaba de llegar a la ciudad, un célebre naturalista llamado Spalanzani.
Desde ese momento fue un testigo tranquilo; no sabía él, no podía saber, siendo ignorantísimo, que el mismo caso que a él le había ocurrido, pasole a Roberston Claudín, el naturalista irlandés, quien acertó en sus viajes por el Chaco por uno de estos desfiles zoológicos, en el que, según dijo el sabio «aprendió más zoología que en su continuo leer y en sus incansables investigaciones en los Museos.» Próspero quedó maravillado.
Aprovechó las noches frías para poner or­den en el sector industrial de su taller, cuyos frascos sin rótulo y tarros desecados por dos ve­ranos continuos no concluían nunca de recuperar su sitio correspondiente. Decidióse al fin a ir a ver a Ekdal, el naturalista, de quien ya había tenido algún informe en Buenos Aires.
Aunque nunca escribieron libros para las escuelas, los principios pedagógicos de algunos célebres filósofos como John Locke y la autodisciplina y la experiencia directa o naturalista de Juan Jacobo Rousseau, entre otros, como Rabelais, que irán, siglo tras siglo, viéndose reflejadas tanto en las posturas didácticas asumidas por las escuelas de vanguardia como en los libros escolares.