Ejemplos ?
Silvia tuvo, en la partida de boston en casa de la señora de Tiphaine, una escena desagradable con la señora de Julliard madre, a causa de una miseria que su antigua patrona le hizo perder, como dijo ella, malignamente y adrede.
La expedición estaba costosamente equipada, y cuando los ingleses llegaron a Bogotá, de los dos mil ejemplares les quedaban vivos únicamente dos. El resto, malignamente, se había marchitado, y el financiador de la empresa, un lustrabotas enriquecido, enloqueció de furor.
ra un domingo, a las cinco de la tarde de un día lluvioso y frío: el café del Comercio, como sucede en días semejantes, estaba lleno de gente, no había más que una mesa vacante: un anciano se dirigía a ella con pasos costosos; seis jóvenes elegantes, con más descoco que despejo, entran a este tiempo; ven la mesa, comprenden la dirección del viejo, le dejan avanzar malignamente...
El aspecto de la granja era impresionante: hierba y hojas grisáceas en el suelo, parras cayéndose a pedazos de arcaicas paredes y aleros, y enormes árboles desnudos silueteándose malignamente contra el gris cielo de noviembre.
Estremecido de odio, encendí un cigarrillo y malignamente arrojé la cerilla encendida encima de un bulto humano que dormía acurrucado en un pórtico; una pequeña llama onduló en los andrajos, de pronto el miserable se irguió informe como una tiniebla y yo eché a correr amenazado por su enorme puño.
Como podéis imaginar, dos días después me presenté en la dirección indicada, pero allí no sabían ni de qué hablaba yo; me di perfectamente cuenta de que mi hermana había sido engañada, porque no podía creer que desease privarme del placer de verla. Cuando me lamenté de lo que ocurría con la Guérin, advertí que ésta sonreía malignamente y rehuía explicarse.
Era una escena de una visión de Fusell, y sobre todo el resto reinaba aquella borrachera de luminoso amorfismo, aquel extraño arco iris de misterioso veneno del pozo..., hirviendo, saltando, centelleando y burbujeando malignamente en su cósmico e irreconocible cromatismo.
67 “Oh al dulce marido agradable, agradable al padre, salve, y a ti con buen poder Júpiter te acrezca, puerta, la que a Balbo dicen que serviste benignamente, allá cuando estas sedes el propio viejo tenía, y la que cuentan por contra que a su nacido serviste malignamente, 5 después de que fuiste, estirado el viejo, hecha casada.
-¡Válgame Nuestra Señora! ¿Y quién es que así aporrea? -preguntó malignamente. Porque don Juan venía desfigurado, era otro. Moreno como un puchero de barro, grises las barbas y asimismo el cabello, cubierto un ojo con una viserilla a lo Éboli -se lo había vaciado una flecha-, apenas le reconocía su esposa, sublevada de pronto, ansiosa de negar que aquel pudiese ser su dueño...
Se habían producido con frecuencia sediciones en Antioquía, ciudad que siempre fue tur­bulenta, en la que Ignacio era obispo secreto de los cristianos: tal vez aquellas sediciones, malignamente imputadas a los cristia­nos inocentes, excitaron la atención del gobierno, que fue enga­ñado, como ha sucedido con harta frecuencia.
En clareado aire, cuando ya el consuelo del rocío manando baja a la tierra, invisible, también sin ser oído – pues delicado calzado lleva el consolador rocío, como todo suave consuelo – recuerdas tú entonces, recuerdas tú, corazón ardiente, cómo una vez sentías sed, cómo de lágrimas celestes y gotas de rocío, achicharrado y cansado, sentías sed, mientras en amarillas sendas de hierba miradas del sol vespertino malignamente corrían en torno a ti a través de negros árboles, cegadoras y candentes miradas del sol, alegremente hirientes.
Por fortuna no has perdido el ceñidor con que puedes suspenderte del olmo cercano, o si prefieres estrellarte en las duras rocas y en medio de los escollos, arrójate al mar proceloso, y así evitarás, retoño de sangre real, el ultraje de hilar como sierva la lana, y obedecer a una rival extranjera.» Oyó estas quejas Venus sonriendo malignamente, y Cupido con la aljaba depuesta; y después de burlarse cuanto quiso de sus penas, exclamó: «No te dejes arrebatar por la cólera y el furor cuando ese toro aborrecido humille ante ti sus cuernos que pretendes destrozar.