maestro de música

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maestro de música

Mo.
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Y se fue relegando al olvido, en compañía del escándalo de la señorita que se fugó con su maestro de música y de la cuchillada que le dio al magistrado un licenciado de presidio, a la misma puerta de la Audiencia.
Nicias: Yo puedo asegurártelo también; porque no hace cuatro días que me ha dado para mi hijo un maestro de música, que es Damon, discípulo de Agatocles, y que, superior en su arte, tiene además todas las cualidades que puedes desear en un hombre que ha de dirigir a jóvenes de esta edad.
-¡A mi gusto! ¡esto es a mi gusto!-decía el maestro de música; y cantó solo el pájaro de las piedras, tan bien como el vivo. ¡Y luego, tan lleno de joyas que relumbraban, lo mismo que los brazaletes, y los joyeles, y los broches!
Treinta y tres veces seguidas cantó la misma tonada sin cansarse, y el maestro de música y la corte entera lo hubieran oído con gusto una vez más, si no hubiese dicho el emperador que el vivo debía cantar algo.
¿El vivo? Lejos estaba, lejos de la corte y del maestro de música. Los vio entretenidos, y se les escapó por la ventana. -¡Oh, pájaro desagradecido!-dijo el mandarín mayor, y dio tres vueltas redondas, y se cruzó de brazos.
-Pero mejor mil veces es este pájaro artificial-decía el maestro de música:-porque con el pájaro vivo, nunca se sabe cómo va a ser el canto, y con éste, se está seguro de lo que va a ser: con éste todo está en orden, y se le puede explicar al pueblo las reglas de la música.
Sócrates: ¿Y tú, que lo has aprendido de él, no podías enseñarlo a otro? Alcibíades: Sí. Sócrates: ¿No sucede lo mismo con un maestro de música y un maestro de gimnasia? Alcibíades: Ciertamente.
Y el maestro de música se sintió tan feliz que escribió un libro de veinticinco tomos sobre el ruiseñor artificial, con muchos esdrújulos y palabras de extraña sabiduría; y la corte entera dijo que lo había leído y entendido, de miedo de que los tuviesen por gente fofa y de poca educación, y de que el emperador se pasease sobre sus cabezas.
Y el emperador lo cantaba también, y lo bailaba, cuando estaba solo con su vino de arroz. Era un vals el imperio, que andaba a compás, con mucho orden, al gusto del maestro de música.
El maestro de música le echó encima un discurso al relojero, y le dijo traidor, y venal, y chino espurio, y espía de los tártaros, porque decía que el pájaro continental no podía cantar más que una vez.
En la puerta iba ya el relojero, y todavía le estaba diciendo el maestro de música malas palabras: «¡traidor! ¡venal! ¡chino espurio!
Estábamos solos a merced de los peligros que hubiera en esos parajes desolados, pero de brillosos coloridos y escenarios feéricos, según la palabra favorita de nuestro maestro de música.