Ejemplos ?
No se vocea lo mismo en Sevilla que en Madrid o en Zaragoza... Oiga usted, señor, algunos pregones madrileños. Y el viejo maestro de la venta callejera, entonó a media voz, mudando, según convenía, la modulación, el estilo músico, y hasta el son de la voz, una serie de anuncios de mercancías de los que estremecen el ámbito matritense a toda hora: -«Plátanos de la Habana...
Todo eso aparte de esta consideración que dejo para final: yo no sé cómo anda la administración municipal y provincial en Vizcaya, pero sí diré que en Barcelona no se echa de menos a los madrileños para administrar a la diabla.
Touristas madrileños, hombres políticos y altas jerarquías militares, damas modeladas en el más genuino troquel del mundo moderno, invadían los salones en que ya se cantaban dúos y cavatinas, y se bailaban lanceros y cuadrillas, y se amaba y se coqueteaba según la flamante escuela.
Déjase pensar el júbilo y algazara de los madrileños, que son gente alegre, cuando vieron llegar al Caballero del Pez, trayendo a ancas a la Princesa, más contenta que unas Pascuas, y al dragón atado a la cola del brioso corcel, que tiraba de él tan ancho y donoso, como si hubiese sido la cola del manto de una Orden de Caballería.
Hay más puntos de contacto entre una reunión de buen tono de Madrid y otra de Londres o de París, que entre un habitante de un cuarto principal de la calle del Príncipe y otro de un cuarto bajo de Avapiés, sin embargo de ser éstos dos españoles y madrileños.
Monsieur..., figúrese..., me dice por teléfono que se retrasó hablando de ese asunto de ferrocarriles, y que le retienen a comer en casa de los señores... Y el apellido de los opulentos banqueros madrileños acabó de afirmar a Avelino en la resolución.
La moderna necesidad de los baños de mar, dejando despoblado a Madrid los veranos, llenó de madrileños nuestra capital; y su buen tono, convencido de que para vivir a la moda era preciso salir a bañarse, dio en irse a Ontaneda a reinojarse en sus nauseabundas aguas; pues no era cosa de largarse a otro puerto de mar cuando tenía uno de los mejores en su casa.
A Rafael le llamaban el tenorio del siglo XIX, y en verdad que este nombre le estaba como pintado: tenía tan diabólica habilidad para enamorar a las mujeres, que donde ponía los ojos ponía la flecha amorosa. Así fue que Rafael tuvo durante diez o doce años aterrados a los padres, a los tutores y a los maridos madrileños.
Poco a poco con eso, don Francisco, que todos los que aquí estamos, menos usted, somos madrileños y ninguno tuvimos arte ni parte en la gloriosa -Bueno, ustedes serán de los pocos que no tomaron parte en ella ni la aprobaron; pero la verdad es que los que desde lejos observábamos lo que en Madrid pasaba a raíz de la revolución de 1868, tenemos derecho a creer que casi todos los madrileños eran revolucionarios.
Joaquín Xirau le dijo que quien debía representar a la República era Ortega y Gasset. Viajó para convencer a Ortega, que había sido su maestro en años madrileños y estudiantiles.
-¡Hombre, ni en broma diga usted eso!... -¿Broma? ¡No es mala la broma en que nos metieron ustedes los revolucionarios madrileños! -¿Cómo que nosotros?
Por los periódicos madrileños he visto que está Castilla transitable, y que a la copiosa nevada que la tapó todita ha surgido un sol alegre y consolador.