Ejemplos ?
Entre tanto, el tiempo corre y un día de abril de 1825, cuando ya Lecor empezaba a descansar confiado en el fruto de sus desvelos y se creía alejada hasta lo remoto la posibilidad de una reacción libertadora, surgen los Treinta y Tres, desafiantes y magníficos de patriotismo y de plenitud heroica… : III Los Treinta y Tres vienen a continuar por la libertad de la tierra nativa, las luchas que otros comenzaron y truncó la muerte o la mala fortuna.
Cuando el general San Martín desembarcó en Pisco con el ejército patriota, que venía á emprender la ardua faena com- plementaria de la Independencia americana, no faltaron minis- tros del Señor, que como el obispo Rangel predicasen atro- cidades contra la causa libertadora y sus caudillos.
Las condecoraciones del Gran Mariscal fueron »vendidas por el señor de Angelis, €fn 1852, al doctor Lama, »quien las conserva hoy en su valiosa colección de medallas «americanas.» En 1835 publicó Luzuriaga, en Buenos Aires, un folleto do- cumentado sobre los motivos que tuvo i ara hacer dimisión del mando de la provincia de Cuyo y afiliarse con San Martín en la expedición libertadora que vino al Prú.
Este era un billete, que originalmente había sido pensado para un billete de 5 pesos, luego de la muerte de Eva Perón, en 1952, ustedes lo vieron y cuando vino la autodenominada revolución libertadora, golpe de Estado que derrocó el Gobierno constitucional del General Perón un empleado de la Casa de Moneda lo escondió detrás de un mueble de la Casa de Moneda como si fuera una suerte de embute, para decirlo así, lo escondió.
Si en realidad se quiere hacer labor libertadora en el mundo debe ésta empezarse en la familia, ayudando a dignificarse a la que es nuestra madre, nuestra hija, nuestra compañera o nuestra hermana.
Sea esta y toda diferente de lo que ha sido, otra contrita y penitente Nínive; persevere el fervor de la enmienda y de la comenzada penitencia, pues de este modo logrará esta ciudad los consuelos de otra Betulia por la protección de la soberana Judith, nuestra patrona la soberana, que así como cuando se dignó descender a esta ciudad la ennobleció y glorificó, mandando instituir una Real Orden para redimir los cautivos detenidos en duras cadenas de esclavitud, así deshará con su poderosa protección los grillos que nuestros Enemigos preparan a nuestra libertad y no desemparar a la ciudad que eligió por libertadora.
De tí viene todo lo bueno, Señor; nos diste á Bolívar, gloria á ti, gran Dios; transmitieran á sus hijas, limeñas de los tiempos de mi mocedad, una frase que, según ellas, tenía mucho entripado y nada de cuodlibeto. Esta frase era : la carta de la Libertadora.
Y al penetrar en el convento donde quería refugiarse, la calentura le abrasaba, mientras sus dientes entrechocaban por efecto de ese frío que no se parece a ningún otro: el frío de la invasora pulmonía. Y en pos de algunos días de padecer, vino la Libertadora.
Cuando se paró para despedirse acepté y cerré con las dos manos la derecha del gran hombre que había hecho vibrar la espada libertadora de Chile y el Perú.
La Libertadora traía en sus manos, momificadas en la sepulcral quietud, una rama fresquísima de laurel, en la cual el rocío de la mañana había depositado una red de perlas, que reflejaba en cambiantes la luz lunar de la última noche...
Y con esperanza tal, el conde, moribundo, palpitó de orgullo inconsciente, profundísimo, al ver a la Seca que avanzaba, hiriendo el piso de la celda con choque aflautado de huesos, y columpiando la rama por encima de una faz donde corrían los últimos sudores. Detrás de la Libertadora, el conde vio una figura larga, ojival, un hombre pálido, cuyos ojos irradiaban fulgor misterioso.
Si lo quiere usted más claro, le escibiré la car- ta de la Libertadora, Por supuesto, que ninguna limeña de mis juveniles tiempos en que ya habían pasado de moda los versitos de la antífona, para ser reemplazados con estos otros: Bolívar fundió á los godos y, desde ese infausto día, por un tirano cjue había sé hicieron tiranos todos; por supuesto, repito, que ninguna había podido leer la carta, que debió ser mucha carta, pues de tanta fama disfrutaba.