Ejemplos ?
Alborotáronse los bebedores; Orso, riendo a carcajadas, ordenó que trajesen a la jovencita, que entró, empujada por los soldados, temblorosa, desgreñado el rubio pelo, y los hombres se engrieron al verla, porque era en verdad soberanamente hermosa.
Por un momento me hizo acordar a una fotografía muy linda que apareció hace unos días de nuestra querida compañera, amiga y Presidenta de la República Federativa del Brasil, Dilma Rousseff, muy jovencita también, cuando estaba encarcelada y yo pensé por un minuto que hoy Dilma ocupa el sillón de uno de los países más importantes del mundo.
La educación de esa jovencita había sido más amplia de lo habitual: era una consumada poliglota, desde la cuna le habían enseñado a expresarse fluidamente en alemán, francés e inglés; y una parisina, brillante aunque cuestionable modelo de distinción, había agregado el toque de gracia en todas las elegantes trivialidades que dan el acabado para destacar en el grand monde.
Aquella persona parecía ser una antigua amiga de su madre, creía haberla visto antes, pero no la recordaba bien. La jovencita accedió.
Mientras Gabriel atisba detrás de los maderos el cuarto de su vecina, aparece de pronto en él una graciosa figura. Es una jovencita de catorce a quince años, vestida con un modesto y elegante traje de cachemira negra.
La vieja solterona poco sospechaba que la había visto volar ya otra vez, aquel día feliz en el bosque, cuando era ella aún muy jovencita.
Entre los criados destinados al servicio de la hija de tan ilustre noble, estaba su doncella personal Proscovia, una jovencita muy poco mayor que su ama y que parece haber gozado, como suele ocurrir en estos casos, de la confianza plena de la princesa.
–dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.
¡esa es la niña mejor! II ¿Quieres saber, Candidita, tú, que aspirarás al cielo, cuál es perfecto modelo de cristiana jovencita? La que a Dios se va acercando, la que, al dejar de ser niña, con su casa se encariña y la calle va olvidando.
-Mistress Crupp -le dije-, le ruego que no compare a la jovencita de que se trata con una criada ni con ninguna otra criatura de esa especie; hágame el favor.
Ya llevaba compuestas dos estancias de una canción estigia que pensaba recitar a Tesífone luego que llegase, en que la alababa de linda, y de la más jovencita y agraciada de todas las Furias.
Creyó identificarla. Era, más cuando la jovencita escapó a su voluntad, él se sumergió casi con naturalidad en la monotonía de su vida gris.