jade


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jade

(Del fr. jade.)
s. m. MINERALOGÍA Piedra de color negro, blanquecino o verdoso con manchas rojizas o moradas, dura y de aspecto jabonoso, usada en joyería. piedra nefrítica

jade

 
m. mineral. Piedra muy dura, compacta, blanquecina o verdosa y susceptible de pulimento, formada esencialmente por silicato de calcio y magnesio.

jade

('xaðe)
sustantivo masculino-femenino
mineral duro de color verdoso o blanquecino usado en joyería una talla de jade
Sinónimos

jade

sustantivo masculino
piedra nefrítica, piedra de ijada.
Se dice piedra nefrítica porque con ella se hacían antiguos amuletos para curar los riñones. Piedra de ijada es el nombre que los conquistadores de América dieron al jade.
Traducciones

jade

Giada

jade

JADE

jade

jade

jade

jade

jade

jade

jade

jade

jade

Jade

jade

jade

Jade

jade

หยก

jade

SMjade
Ejemplos ?
En la claridad matinal los grandes montones de legumbres se destacaban como blo­ques de jade verde sobre los pétalos rosados de una flor mágica.
Así me vuelve enfermo mi propia culpa y no aquel añorado día en que vi aquel ángel, duro jade, «nel dolce tempo de la prima etade».
Otros venden brazaletes de plata incrustados de turquesas azules, y colgantes de perlas, y garras de tigre engarzadas en oro, y arracadas de esmeralda, y anillos de jade.
Cuando Chicomecoatl vio tanta mortandad, se estremeció y pensando que se le había pasado la mano, pues el castigo no era para destruir a todos los humanos, sino sólo a los que no se habían librado de la animalidad, se transformó de inmediato en CHALCHIUCIHUATL (chalchihui: esmeralda, jade), es decir, la fertilidad; luego en XOCHIQUETZAL (xochitl: flor), esto es, la energía creadora de flores y por último en CENTEOTL, el maíz; pero ya era demasiado tarde.
Todos los materiales raros y preciosos lo fascinaban y en su deseo de obtenerlos había enviado a países extranjeros a muchos mercaderes, unos a comprar ámbar a los rudos pescadores de los mares del Norte; otros a Egipto en busca de aquella curiosa turquesa verde que sólo se encuentra en las tumbas de los reyes y dicen que posee propiedades mágicas; otros aun a Persia en busca de alfombras de seda y alfarería pintada, y otros, en fin, a la India a comprar gasa y marfil teñido, piedras lunares y brazaletes de jade, madera de sándalo y esmalte azul y mantos de lana fina.
Y de más allí de los senderos grises, entre los días y las noches de sus cuentos, se levantará dentro de los que no mueren para ser el intransferible que subsistirá en todos los que formamos con él, el uno de la dualidad creadora e invocando a los tlamatinimes, a los teopixques, su voz bucanera se fusionó al Ome Teotl y envuelto en la energía del Tloque Nahuaque, su vida cumplió una parte de la vida, la individual, y desde un septiembre lluviosos pasó a integrarse al otro lado de la vida: la colectiva, porque la muerte no existe, sólo es una pasajera de la carne, “putilla de rubor helado”, y hoy, él ha dejado su nombre y su obra en la tierra para transcender el árbol florido y no romperse como el jade ni secarse como las pinturas...
Por fin, tras muchos giros y vueltas, llegaron ante una espléndida plataforma de jade verde, sobre la que se hallaba sentado el venerable Subodhi.
Así me vuelve enfermo mi propia culpa y no aquel añorado día que amé aquel ángel, duro jade, «nel dolce tempo de la prima etade».
L OS C UATRO S OLES Has de saber espejito mío; mi aguilita, mi colibrí, mi reverendo plumaje, mi bello jade, mi ramillete de flores, tú, la sementera de nuestros ayeres, que muchísimo antes de la existencia del Universo; las galaxias, las estrellas, el mundo o este lugar, donde hoy vivimos y miramos tantos seres y cosas: México, (meztli: luna; xico (shico): ombligo), el ombligo del lago en forma de luna, nada se veía.
Su luz era tan fuerte que llamó la atención del Benéfico Señor del Cielo, el divino Emperador de Jade, que se hallaba reunido con sus ministros en el Palacio de Nubes de los Arcos de Oro, concretamente en la Sala del Tesoro de la Niebla Divina.
El mono en cuestión se ha puesto a comer y a beber y pronto perderá todo su poderío. - No lo creo yo así - replicó el Emperador de Jade con misericordiosa complacencia -.
Ha llegado, sin embargo, hasta mis oídos que mi honorable vecino, que lleva viviendo en este palacio de jade verde y pórticos de nácar desde tiempo inmemorial, por fuerza ha de poseer alguna arma celeste de sobra.