Ejemplos ?
En vista de esto -añadía precipitadamente la niña al notar las nubes de desconfianza y precaución que iban cubriendo la faz de su interlocutora-, hemos resuelto ser en breve más ricas que nunca.
Hipólita levantó los ojos como interrogándolo, de pronto, entre el traqueteo infernal de los coches al cruzar las entrevias de Caballito, Erdosain se imaginó que era un personaje que había vivido como un bandido, pero que ya se había regenerado, y entonces continuó diciéndole a su interlocutora invisible: –Y allí se reunían vendedores de diarios y ladrones.
Entre la alegata de protesta alcanza a darse cuenta que un individuo alto, moreno, canoso, de cierta edad y cierto elegante lujo sale del privado al cual su interlocutora momentos antes se había introducido El temeroso lo encamina con los ojos.
Al mes, charlábamos frecuentemente, y, poco a poco, el atractivo de aquella conversación fue superando al de los papelotes. ¡No malicie nadie que esto consistiese en el sexo de mi interlocutora!
-¿Cinto? -dijo mi interlocutora con gesto de cosa dificultosa-. Eso es muy trabajoso conseguir: tan solamente el obispo se lu'impresta a los curitas jormales.
Yo podía proporcionar a mi interlocutora las ropas que esperaba de mí, y podía también proseguir la aventura que llegaba hasta mí desde el fondo de la eternidad, a través de un trivial teléfono.
Entonces en las almas más letrinosas, bajo las jetas más puercas, estallaba un temblor ignorado; luego todo pasaba y no había mano que se extendiera para dejar caer una moneda en la gorra de los músicos. –Allí iba yo –le decía Erdosain a su interlocutora hipotética–.
Fue en ese momento de indecisión cuando una mujer se acercó a Pelegrín y le soltó, como en chanza: -¿Quieres unas avellanas tostás, monín, que están mu ricas? En vez de alzar la cabeza para mirar a su interlocutora, Pelegrín la bajó según su hábito, por miedo maquinal.
Durante algunas horas su vida estaba inflamada de delicadeza penetrante y blanda como la fragancia de una crema perfumada, con vainilla, y le parecía sentir en su garganta las melifluas voces de los «sí» y de los «no» hasta hacerse la ilusión de que estaba respondiéndole a una deliciosa interlocutora que tenía una piel de zorro azul en torno del cuello.
Si os intereso, demostrádmelo de otra suerte que no con preguntas. Pedro sacó del bolsillo una moneda de oro, que presentó a su interlocutora.
-¿La madre Concepción es de Bogotá? -No sé -me contestó mi interlocutora-; pero cuando llegó dijo que acababa de venir de las provincias del norte.
- exclamé, dirigiéndome a mi sensible interlocutora con el propósito de salir, por medio de una brusca interrupción, del peligroso terreno de la poesía hablada.