Ejemplos ?
No podía confiarle la inquietud que la apenaba; pero acogíase a su adhesión, nunca desmentida mirándola instintivamente como su único refugio.
Jadeaba dirigiendo miradas a su alrededor mientras que la campesina, asustada de verla así, retrocedía instintivamente creyendo que estaba loca.
Tomás Hobbes, uno de los más viejos economistas y de los filósofos más originales de Inglaterra, vio ya, en su Leviathan, instintivamente, este punto, que todos sus sucesores han pasado por alto.
Cuando éste se paraba instintivamente ante esos hoyos rodeados de espinos que se abren a la orilla de los surcos, Carlos, despertándose sobresaltado, se acordaba de la pierna rota a intentaba refrescar en su memoria todos los tipos de fractura que conocía.
En cuanto a don Alonso de Leyva, tampoco las tenía todas consigo y andaba más escamado que un pez. Hallábase una noche en un garito, cuando entraron dos matones, y él instintivamente concibió algún recelo.
Jácome, instintivamente, saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a Sendo; a su lado, en el polvo, el cuerpo de la liebre...
Fray Ambrosio bajó instintivamente la voz: —Tú hablas ciertas cosas porque eres un rapaz, y crees en las argucias con que disculpan su miedo algunos generales que debían ser obispos...
Me invitan con una sonrisa angelical, pero instintivamente guiñan el ojo izquierdo, como si ya estuvieran echándose la escopeta a la cara.
Yo miraba con atención, tratando de discernir el bulto redondo tendido en tierra, pero no veía nada. Nos acercamos más. Yo aminoraba instintivamente el paso. Pero ¿dónde estaba aquello negro, inmóvil?
Al decir esto, el mozo, instintivamente, y al parecer buscando un punto de comparación, dirigió la vista hacia el pide de Constanza que asomaba por debajo del brial, calzado de un precioso chapín de tafilete amarillo, pero como al par de Esteban bajasen también los ojos de don Dionís y algunos de los monteros que le rodeaban, la hermosa niña se apresuró a esconderlo, exclamando con el tono más natural del mundo; ¡Oh no!; por desgracia, no los tengo yo tan pequeños pues de este tamaño sólo se encuentran en las hadas cuya historia nos refieren los trovadores.
Pero al oír esto, su marido, aunque no es celoso, ni mucho menos, da instintivamente un tirón a la saya que lleva agarrada entre sus dedos; y como su dueña no está para grandes pruebas de equilibrio, viene al suelo como un fardo.
Recelosa, no obstante, de lo desconocido, metió entre los zancos nerviosos el rabo, que era una coma color ceniza, lustrada y primorosa, y buscó instintivamente el ángulo, donde se guareció.