Ejemplos ?
—Silencio y sentarse —exclamó el Juez dejándose caer sobre su sillón. Todos obedecieron, mientras el joven de pie encarando al juez exclamó con voz preñada de indignación.
Porque Phaidros me dice todos los días con una especie de indignación: ¿no es una cosa extraña, Eryximacos, que entre tantos poetas que han compuesto himnos y cánticos en honor de la mayoría de los dioses, no haya habido ni siquiera uno que haya hecho el elogio del Amor que es un dios tan grande?
Llevaba el sombrero puesto, y el elfo estaba sumido en profundas tinieblas, temblando de horror y de indignación por aquel abominable crimen.
Sara, llena de una santa indignación, rebosando en generosa ira y animada de esa fe inquebrantable en el verdadero Dios que su amante le había revelado, no pudo contenerse a la vista de aquel espectáculo y, rompiendo por entre la maleza que la ocultaba, presentóse de imprevisto en el umbral del templo.
¿Cómo, pues, puede explicarse que en este ardor de alabar tantas cosas, nadie hasta hoy haya emprendido la tarea de celebrar dignamente al Amor y que haya olvidado a un dios tan grande? Yo, continuó Eryximacos, comparto la indignación de Phaidros; quiero pagar, pues, mi tributo al Amor y ganarme su benevolencia.
Reconociendo esto, calmé mi indignación tanto como me fue posible, y vagué por las calles, malhumorado, haciendo preguntas inútiles sobre madame Lalande, a los conocidos que encontraba.
Entre tanto, diariamente preguntaba por Talbot, en su hotel, y recibía el eterno "todavía no ha regresado" de su lacayo; sentía que volvía a invadirme la indignación.
Sinceramente suyo, Stubbs." Después de esto, no será necesario decir que deseé los peores castigos para amo y criado, aunque de poco me servía la indignación, y quejarme no era un consuelo.
Quería pedir perdón, disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose a su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada su indignación, pero magnífica de generosidad.
¡De muerte fea! Hubo un movimiento de indignación en los familiares, en los señores del acompañamiento... Solo el obispo no se enojó...
-se apresuró a decir la enferma con amoroso acento -me he puesto mala yo sola... Ya se me va pasando... El Capitán estaba rojo de indignación y de vergenza. -¡Ya lo está usted oyendo, señorita Angustias!
De buena gana le hubiera dicho a todos sus verdades y su verdad... Les hubiera escupido en el rostro la indignación que tenía almacenada en su interior.