Ejemplos ?
El recoveco se extendía tenebroso; su estrecha longitud se curveaba conforme yo avanzaba por él; experimentaba mucho recelo al tropezarme y a hacer ruido.
Primero llegamos a un valle herboso, sin hacer ruido con nuestros pasos y silencio con nuestra lengua guardando, para poder ver sin ser vistos.
EL CORO Creí que dormía. ELECTRA ¡Aléjate de nosotros y de las moradas! Vuelve pies atrás sin hacer ruido. EL CORO Duerme ELECTRA Es verdad.
Sin hacer ruido, apoyándose en la pared, llegó hasta la puerta del cuarto donde se velaba el angelito; empujóla despacio y asomó su cabeza al interior.
El uno es alto, delgado y corto de vista; se pasea sin hacer ruido y se detiene de cuando en cuando para dar golpecitos con el índice sobre la caja de un barómetro que está colgado en la pared.
Su madre iba y venía sin hacer ruido, como un pajarillo, siempre de negro, con una sonrisa, que era el poso de las lágrimas de los primeros días de viudez, siempre en la boca y en torno de los ojos escudriñadores.
La canción era nueva para mí; sin embargo, me llenaba el corazón hasta los bordes, como un amigo que vuelve después de larga ausencia. Por el tono pensativo y serio con que mi madre tarareaba su canción me figuré que estaba sola y entré sin hacer ruido.
Estaba borracho de alegría y me parecía que era demasiado dichoso para que pudiera ser verdad; temía despertarme en Buckinghan Street y oír a mistress Crupp hacer ruido con las tazas mientras preparaba el desayuno.
Sólo Sanabria la llave tiene de la estancia regia, que a noble de tanta estima solamente el rey la entrega. Cuidando de no hacer ruido abre la ferrada puerta, y al penetrar sus umbrales súbito espanto le hiela.
Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.
Silveria entró, se acercó a él sin hacer ruido, y cuando estuvo a cortísima distancia, recordó lo que el ángel principal llevaba escrito en un cartoncillo, pendiente de la trompeta, y con voz argentina y melodiosa, lo dijo como saludo: -¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!
Sólo la mujercita, con una vislumbre de la extensión de lo que acababa de pasar, hacía a ratos pucheros con el brazo en la cara, mientras el nene rascaba distraído el contramarco, sin comprender. Ni uno ni otro se atrevían a hacer ruido.