Ejemplos ?
En los 14 batallones entre los turcos y griegos se cuentan más de 80 mil muertos, y sólo 12 mil catalanes hicieron este espantoso estrago.
Sin duda que su conocimiento de los clásicos griegos y latinos constituyó la base primordial en lo que posteriormente sería su obra.
Alcibíades: Sí. Sócrates: ¿Y todos los griegos no convienen en esto, ciudadanos con ciudadanos, ciudades con ciudades? Alcibíades: Seguramente.
Aquella mosca para los griegos denominada, que persigue a los ganados y los dispersa per los pastizales, los nuestros le denominábamos .
-preguntó el niño. «Verás: los romanos y griegos -respondió el viejo- la llamaban Dríada, pero esta palabra no la entendemos nosotros.
Dibujó una pagoda china, con campanillas en cada uno de sus dieciséis pisos, y dos templos griegos con esbeltas columnas de mármol y grandes escalinatas alrededor.
Las figuras simbólicas, y los quipos de los mexicanos (cuyo imperio se alzaba en medio de la América; para difundir por toda ella sus luces, como desde un centro) prueban que el desarrollo intelectual no contaba en aquella región los largos siglos que en el viejo mundo, desde la época inmemorial en que brilló la luz de la razón en el Oriente: y a pesar de esto ¿qué les faltaba para constituir un pueblo civilizado? ¿No tenían una creencia que Clavijero no ha trepidado en parangonar con la de los griegos y de los romanos?
Y por otra parte fue tan dichoso, que tuvo hijo de quien no mereció ser padre; siendo así que el nacer no se escoge, y no es culpa nacer del ruin, sino imitarle; y es mayor culpa nacer del bueno y no imitarle, cuanto es peor echar a perder lo precioso que lo vil, pues parece antes justicia que vicio el despreciarlo. Texto Fue inclinado a los estudios de la filosofía, y en ellos fatigó con felicidad, y mereció grande aplauso de los griegos.
Durante un lapso las sombras reinaron y al regresar otra vez la luz, como si levantaran un telón, advertí con gran asombro, desde aquella puerta transparente, que parecía un escondite en donde podía ver sin temor a que fuese descubierto fácilmente, a un hombre gigante de increíble apariencia hercúlea, vestido como los antiguos griegos con una corona sobre sus sienes, una espléndida túnica de coral, un taparrabo de color aguamarina y unos coturnos de oro: entonces lo reconocí, era Poseidón, el Emperador de los Océanos.
Este tráceo declaraba que los médicos griegos tienen cien veces razón para hablar, como yo les hice hablar antes; pero añadía: «Zamolxis, nuestro rey, y por añadidura un Dios, pretende que si no debe emprenderse la cura de los ojos sin la cabeza, ni la cabeza sin el cuerpo, tampoco debe tratarse del cuerpo sin el alma; y que si muchas enfermedades se resisten a los esfuerzos de los médicos griegos, procede de que desconocen el todo, del que por el contrario debe tenerse el mayor cuidado; porque yendo mal el todo, es imposible que la parte vaya bien.» Del alma, decía este médico, parten todos los males y todos los bienes del cuerpo y del hombre en general, e influye sobre todo lo demás, como la cabeza sobre los ojos.
Ningún nomenclátor decrépito, de aquellos que no aclaran el nombre, sino que se los inventan, no deforman tan horriblemente los nombres de los barcos visitantes como él los de los troyanos y los griegos; y así mismo, quería parecer conocedor de la ciencia.
La tuya, al contrario, una magnífica sabiduría y rica de las esperanzas más bellas, como lo atestiguan el brillo con que luce desde tu juventud y el aplauso que más de treinta mil griegos acaban de tributarle.