gracejo


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gracejo

s. m. Gracia en el hablar o en el escribir nos explicó con mucho gracejo lo que les había ocurrido. donaire, sal, salero

gracejo

 
m. Gracia, chiste y donaire festivo en hablar o escribir.

gracejo

(gɾa'θexo)
sustantivo masculino
gracia que tiene una persona al hablar o escribir hablar con gracejo
Traducciones

gracejo

SM
1. (= chispa) → wit, humour, humor (EEUU); (en conversación) → repartee
2. (= encanto) → charm, grace
3. (CAm, Méx) (= payaso) → clown
Ejemplos ?
Dotada de imaginación ardiente y de fácil memoria, recitaba con infantil gracejo romances caballerescos y escenas cómicas de Alarcón, Lope y Moreto: tañía con habilidad el arpa y cantaba con donaire al compás de la guitarra las tonadillas de moda.
Viene, y se coloca al frente de los españoles tercios, de sus planes y esperanzas con gran razón fundamento. Y con el semblante afable, y con el rostro risueño, responde a sonoros vivas en sazonado gracejo.
Jinete de primera línea, soberbiamente montado, habíase atraído desde el primer instante todas las miradas por la gallardía de su apostura y su gracejo en el decir.
Parecía ser que la vieja señora cenó con la duquesa la noche antes de su muerte. Encantó a todo el mundo con su gracejo y es­prit pero se retiró temprano, quejándose de dolor de estómago.
Cómo diría yo que no quisieron poner nombre de mujer a Júpiter, si en aquellos versos no le llamaran asimismo progenitor y progenitora, y entre otros nombres suyos no leyera que también se llama Pecunia, a cuya diosa hallamos entre aquellos oficiales munuscularios, como lo dijimos en, el libro IV; pero ya que la Pecunia la tienen los varones y las hembras, véanlo ellos por qué no se llamó igualmente Pecunia y Pecunio, como Rumina y Rumino. CAPITULO XII Que también Júpiter se llama Pecunia ¡Y con cuánto donaire y gracejo dieron razón de este nombre!
Esta escena del Quijote, sin propiedad, porque no es caballeresca; sin decoro, porque las virtudes del héroe están escarnecidas; sin gracejo, por insulsa, es el tributo que los grandes escritores suelen pagar al mal gusto y el error.
Aquí está, señor, miradla.» Expuso a la regia vista una gruesa bala de oro que en la escarcela traía, continuando, sin turbarse, con gracejo y con malicia: «Gran señor, fundí esta bala para daros muerte digna, si en el combate de veros se me lograba la dicha.
Era una ilusión ardiente, como todas las suyas, y de ella dejó una impresión personal en la última de las cartas que formaron su larga correspondencia con el que esto escribe; cartas llenas de luz, de sinceridad, de gracejo, en las cuales se marcan y suceden todos los incidentes de su vida literaria, mezclándose con apreciaciones justísimas y con familiares desahogos.
Llamábanlo el Parlampán porque en las corridas de toros se presentaba vestido de monigote en la mojiganga o cuadrilla de parlampanes, y desempeñábase con tanto gracejo que se había conquistado no poca populachería.
Con gracejo para mí sin igual contábame las famosas aventuras de Pedro Rimales -Urde, que llaman ahora-, que me hacían desternillar de risa; transportábame a la "Tierra de Irasynovolverás", siguiendo al ave misteriosa de "la pluma de los siete colores", y me embelesaba con las estupendas proezas del "patojito", que yo tomaba por otras tantas realidades, no menos que con el cuento de "Sebastián de las Gracias", personaje caballeresco entre el pueblo, quien lo mismo echa una trova por lo fino, al compás de acordada guitarra que empunta alguno al otro mundo de un tajo, y cuya narración tiene el encanto de llevar los versos con todo y tonada, lo cual no puede variarse so pena de quedar la cosa sin autenticidad.
Las ondas majestuosas que en la Guerra de Granada corren por sobre los tiempos y los acontecimientos pasados, comunicando profundo respeto a los lectores; los armoniosos raudales en que Fuenmayor hace pasar la vida de Pío V, repitiendo la gravedad y numerosidad de los Anales de Tácito; el gracejo culto y fino, el lenguaje inimitable de Lazarillo de Tormes; la frase ajustada y elegante de El pícaro Guzmán de Alfarache, la propiedad, gracia y maestría de Calixto y Melibea; la sal ática de Rinconete y Cortadillo en ese hablar de todo en todo castizo; nada de esto, nada, tiene hoy imitadores: ni Juan Valdés sirve de maestro, ni Covarrubias ha compuesto para nosotros su gran léxico o Tesoro de la lengua castellana.
El célebre Manolito Gásquez, de quien tanto alardean los andalucte, no mentía con más gracejo é ingenio que mi pai- sano, el limeño don Agustín Lerzundi.