Ejemplos ?
También aprende a comer galleta, lo que nunca le había sucedido, y a chupar con bombilla, en un puesto hospitalario, un gran tarro de café.
Blanquita, que no era pródiga en sus besos, se los daba entusiasmada a aquel maestro tan sabio, tan enterado de todas las cosas de la Virgen María. Fue entonces cuando él le regaló la de terracota y un devocionario tamaño como una galleta para que librara en misa.
Quién sabe al fin si tomó a bordo esa medicina; pero luego en la cocina de golpe se amejoró: Comiéndose allí una tripa que le brindó el cocinero, con más de medio carnero y de galleta una tipa.
Y con esto una porción de cosas que nunca antes se hubieran vendido: compraban más pan que galleta, y más camas cameras, buenas y confortables, que catres.
—Mi chiquito... No me voy a levantar todavía... Levántense ustedes y coman galleta... Hay dos todavía en la lata... Y vengan después.
La tropa ha de comer bien, ha de ser bien tratada y nada le ha de faltar; por lo que luego que usted haga alto en el punto que elija se proveerá de ganado vacuno o lanar para que hagan su rancho pagando todo cuanto se consuma, y en poblado se reservará la galleta que va de repuesto pues se les ha de suministrar pan fresco que han de comer con preferencia a los habitantes del lugar, respecto a que los defienden de las incursiones de los malvados.
Era éste el real momento de solaz de los mensú, olvidándolo todo entre los anatemas de la lengua natal, sobrellevando con fatalismo indígena la suba siempre creciente de la provista, que alcanzaba entonces a cinco pesos por machete y ochenta centavos por kilo de galleta.
Y pues, á la corta ó á la larga, no hay tapada que no se destape, satisfagamos la curiosidad del lector, si bien confieso que, en esta tradición, me he embarcado con poca galleta.
Eran impunes, le daban una galleta a cualquiera y nada pasaba; le daban un planazo a cualquiera y nada pasaba, en esta época y en las otras también, que eso es bastante viejo aquí en Cuba (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS), me refiero a la época que acaba de pasar, por supuesto.
Don Ruperto bien se acordó haber comido, algunas veces, algo medio parecido: una especie de cosa dura y quebradiza, que llamaban galleta, amarillenta en el interior, con olor a moho y preguntó si era esto lo que tanto entusiasmo despertaba en el ánimo del piamontés.
Fortunato, gaucho imprevisor, que viajaba sin una galleta, siquiera, acostumbrado a encontrar, siempre y en todas partes, el trozo de carne que necesitaba para conservar el vigor nervioso y la elegante delgadez de su sobrio cuerpo de jinete, dejó, a pesar suyo, deslizarse sobre las apetitosas vituallas, una mirada de envidia.
Vagamente había oído decir que algunos estancieros estaban haciendo muchas mejoras en sus establecimientos y en sus haciendas, para hacerles rendir más; pero decía él que eran gastos inútiles y mucho trabajo, y que prefería seguir haciendo como siempre había hecho. No se comía más que carne en su casa, y galleta, y la única verdura que se conocía para echar al puchero era...