fuegos artificiales


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Así, pues, levantaron un tablado en el fondo del jardín real; y no bien acabó de prepararlo todo el pirotécnico real, cuando los fuegos artificiales se pusieron a charlar entre sí.
394.- Será reprimido con prisión de ocho días a tres meses y multa de cincuenta a cien sucres el incendio de las propiedades muebles o inmuebles de otro, que hubiere sido causado, ya por la vejez o la falta de reparación o limpieza de hornos, chimeneas, fraguas, casas o talleres próximos; ya por fuegos encendidos en los campos, a menos de cien metros de los edificios, bosques, matorrales, huertos, o plantaciones, cercas, pilas de grano, de paja, de heno, de forrajes o cualquier otro depósito de materias combustibles; ya por fuegos o luces llevados o dejados sin precaución suficiente; o por fuegos artificiales encendidos o tirados incautamente.
Y veinte brazos con piedras en la mano se levantaban ya para aplastar a Juan Darién cuando el domador ordenó desde atrás con voz ronca: —¡Marquémoslo con rayas de fuego! ¡Quemémoslo en los fuegos artificiales!
Cultura empobrecedora, de campanillas en la que se gastan millones de pesetas, para ofrecernos rock interpretado por las últimas glorias de los últimos países, verbenas, fuegos artificiales, ...
A las ferias de Chiclana y del Puerto, brillantes como fuegos artificiales, acudía toda la sociedad de Cádiz como una bandada de pájaros de vistoso y dorado plumaje.
Entusiastas aclamaciones y gritos de alegría resonaron aquel día en la ciudad; los conciertos y los fuegos artificiales duraron hasta muy entrada la noche.
Entonces, entre los números programados por los empresarios de esta fiesta que-dicho sea de pasada-incluía una atractiva rifa que “según las malas lenguas” era su negocio, se había incluido una quema de fuegos artificiales en la Plaza Constitución que al efecto fue convenientemente iluminada y adornada con alegorías transparentes y tablados en los cuales podrían bailar los concurrentes también autorizados por la Policía para comparecer vestidos de máscara.
Las fiestas de San Pedro fueron notables aquel año: función de iglesia con sermón y música por la mañana, rifa en la plaza después, procesión por la tarde, baile público y fuegos artificiales por la noche.
Todos aplaudieron, todos brindaron, excepto Cecilia que pálida y temblorosa había oído con profundo terror las últimas palabras del secretario. Acabó la comida, salieron del comedor y Serrano dijo a Lorenzo: -Ve a ver los fuegos artificiales con Romualda y tu prima.
Volvió a verla de noche, durante los fuegos artificiales; pero estaba con su marido, la señora Homais y el farmacéutico, el cual se preocupaba mucho por el peligro de los cohetes perdidos; y a cada momento dejaba a sus acompañantes para ir a hacer recomendaciones a Binet.
Si plácidas y brillantes fueron las fiestas de día, no lo fueron menos eu las noches. Fuegos artificiales, iluminación brillante, en que descollaban la del Cabildo y del Consulado, con sus hermosos transparentes, y para complemento, función de gala en el teatro de San Felipe, donde se da cita lo más granado y elegante de la sociedad de Montevideo, las reuniones familiares respirando alegría, y los estrados recibiendo en su seno el concurso lucido de las comparsas; todo contribuía a la animación y al general contento en que se solazaba el espíritu patriótico y cordial en aquellos inolvidables días ¡ah!
¡Quien lo vio, con el Jesús en la boca, descender animoso por la cuerda tirante desde el alto del edificio del Cabildo hasta el centro de la plaza, con su balancín, hollando, en medio de su descenso, las ruedas de fuegos artificiales, envuelto entre el humo, el estruendo y el chisporreo, hasta llegar triunfante en la arriesgada y admirable jornada, a poner sus pies en la plaza, entre salvas de aplausos de millares de espectadores!