Ejemplos ?
El fantasma calló; y levantando el harapo que cubría su seno, mostrome prendidos con avidez a sus pechos dos niños flacos, pálidos, hambrientos.
Cayé -mensualero- llegaba en iguales condiciones, mas al año y medio, tiempo que había necesitado para cancelar su cuenta. Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos tajos, descalzos como la mayoría, sucios como todos ellos, los dos mensú devoraban con los ojos la capital del bosque, Jerusalén y Gólgota de sus vidas.
Al contrario, los ciudadanos flacos y descoloridos como los gruesos alimentan sus estómagos de su entendimiento, éstos hacen alimento de sus entendimientos sus estómagos.
Como las pulgas se hicieron, de preferencia, para los perros flacos, estas tres etcéieras dieron mucho en qué cavilar al bue- no del gobernador, que era hombre de los que tienen el talen- to encerrado en jeringuilla y más tupido que caldo de habas.
Era el hambre la que los agrupaba, haciendo lúgubres sus gañidos quejumbrosos. Flacos, escuálidos, fosforescente la pupila, parecían preguntarse unos a los otros cómo harían para conquistar algo que comer.
Los que eran en ese entonces mozuelos insulsos, convertidos los unos en ventrudos ministros de Estado y los otros en flacos periodistas de la oposición, se darán cuenta, en esa época distante a donde llega mi imaginación, de que los problemas que a sus padres les parecieron insolubles, se resolvieron casi de por sí al fundar un gobierno estable y darles ocupación a los vagos, al cultivar la tierra y al tender rieles que facilitarán el desarrollo del país.
Y muy galán que era aquel emperador del cuento, que se metía de noche la barba larga en una bolsa de seda azul, para que no lo conocieran, y se iba por las casas de los chinos pobres, repartiendo sacos de arroz y pescado seco, y hablando con los viejos y los niños, y leyendo, en aquellos libros que empiezan por la última página, lo que Confucio dijo de los perezosos, que eran peor que el veneno de las culebras, y lo que dijo de los que aprenden de memoria sin preguntar por qué, que no son leones con alas de paloma, como debe el hombre ser, sino lechones flacos, con la cola de tirabuzón y las orejas caídas, que van donde el porquero les dice que vayan, comiendo y gruñendo.
A ambos lados del cochecito de nuestra hija, que hemos arrastrado hasta allí, mi mujer y yo miramos en lontananza, felices. —Papá, un tren—dice mi hija extendiendo sus flacos dedos que tantas noches besamos a dúo con su madre.
Algunos días de verano, unos rayos de sol entraban hasta la bodega, nada más que media horita, y entonces el pequeño se calentaba al sol y miraba cómo se transparentaba la sangre en sus flacos dedos, que mantenía levantados delante el rostro, diciendo: «Sí, hoy he podido salir».
Con ánimo constante y présago, leyendo esta advertencia, dijo: "Yo no temo hombres gordos y guedejudos, sino hombres descoloridos y flacos", denotando a Casio y Marco Bruto.
Siempre gobernó el mundo el Dios solo verdadero, todo santo, siempre justo. Los errores de la religión fueron originados de la mente engañada de los hombres: ellos obraban como flacos; Él como justiciero.
Vehementes sospechas tuvo de entrambos: mostrolo con recato discreto cuando, diciéndole que contra su persona maquinaban Dolabela y Marco Antonio, dijo: "No hago caso de hombres gruesos, colorados y guedejudos; estos pálidos y flacos me dan cuidado", señalando a Bruto y Casio.