febrilmente

febrilmente

 
adv. m. fig.Con afán, con vehemencia.
Traducciones

febrilmente

ADV (fig) → feverishly, hectically
Ejemplos ?
Estaba reunido alrededor de la orilla, alistaba febrilmente sus embarcaciones, algunos habían sacado linternas y farolillos y auscultaban el aire.
Ambos gozan en su obra: febrilmente y violentamente, uno, como conquistador que vence y pasa, en las alas de la victoria; el otro, saboreando despacio el inmenso placer de crear, imponiendo su dominación con serenidad, exigiendo del vencido el merecido tributo.
Luego descargué otro mazazo en la termitera, y un trozo de corteza se hundió definitivamente, dejando ver el interior plutónico, sembrado de negros canales por los que se deslizaba febrilmente una blancuzca humanidad de hormigas grises.
Los días fueron sucediéndose. Los emigrantes caminaban febrilmente. De vez en cuando veíanse obligados a detenerse para sostener combates y reducir rebeldes.
Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde hombres blancos y negros llenos de alarma buscaban febrilmente en los campos y los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su hijo.
III Cuando éste, algunas horas más tarde, penetró en el Legío latíale febrilmente el corazón; y llegado que hubo al pie del muro, detúvose ante él, inquieto y lleno de incertidumbres.
-Es que la Duchesini no valía gran cosa, si hemos de ser francos y justos -respondió febrilmente Quiñones, que atendía extático a las notas de la contralto-.
Recreábame ya con la idea de llegar a mi casa y ponerlo en las carillas blancas, febrilmente, con esa vehemencia con la cual cogemos un amor nuevo y soñaba, encantado, con poner la última palabra del cuento; releerlo, con esa íntima complacencia con que, después del beso, contemplamos el rostro de la mujer que nos lo ha recibido.
Las gentes del pueblo lo tenían por loco, su familia no le veía y él huía de todo trato. Trabajaba febrilmente. Veíasele a veces largas horas contemplando el cielo.
No pregunte mi nombre al portero; lo esperaré yo misma en la puerta, como si volviera de la calle; entraremos juntos, dijo teniéndome una hoja de papel, que arrancó de la diminuta cartera forrada en cuero de Rusia, y en la cual escribió febrilmente las señas, las de una calle tranquila de los Campos Elíseos.
Pasé por las cabañas de los peones y vi cómo nacen y crecen esos esclavos; con mis dedos sutiles toqué las carnes sin abrigo de los pequeños, los senos lacios y enjutos de las madres feas y bestializadas por las miserias y los maltratos; toqué las facciones del hambre y de la ignorancia; pasé por los palacios y recogí el gruñido de las envidias, el regüeldo de las harturas, el sonido de las monedas contadas febrilmente por los avaros, el eco de las órdenes liberticidas; palpé en mi mano invisibles tapices, mármoles dorados, joyas con que se adornan para valer algo los que nada valen.
Maduraba por aquellos días el plan de ir a Nápoles al siguiente año, sin detenerme en Roma, cuando recordé una frase que debía de haber leído en alguno de nuestro clásicos: «No puede decidirse quién hubo de pasear más febrilmente arriba y abajo por su cuarto después de haber hecho el plan de marchar hacia Roma, si Aníbal o el rector Winckelmann.» En mi viaje había yo seguido las huellas de Aníbal; como a él, me había sido imposible llegar a Roma y había tenido que retroceder hasta Campania.