farmacia


También se encuentra en: Sinónimos.

farmacia

(Del gr. pharmakeia < pharmakon, medicamento.)
1. s. f. FARMACIA Establecimiento donde se preparan y venden medicinas en su pueblo sólo hay una farmacia. botica
2. FARMACIA Ciencia que estudia la preparación y aplicación de los medicamentos y de las sustancias que los componen. farmacología
3. FARMACIA Profesión que ejercen los licenciados en la ciencia farmacéutica.

farmacia

 
f. Conjunto de conocimientos concernientes a la preparación de los medicamentos y a las sustancias que los integran y arte de prepararlos.
Arte de preparar los medicamentos.
Botica (establecimiento y asistencia).
Conjunto de medicinas que se colocan en un aparato portátil.

farmacia

(faɾ'maθja)
sustantivo femenino
1. farmacología ciencia y técnica que estudia la preparación de medicamentos licenciado en Farmacia
2. establecimiento en el que se preparan y venden sustancias medicinales La farmacia de la esquina está de turno.
Sinónimos

farmacia

sustantivo femenino
botica, droguería (América).

farmacia:

laboratoriodroguería, apoteca, botica,
Traducciones

farmacia

pharmacy, drugstore, chemist'sshop, apothecary, chemist

farmacia

pharmacie

farmacia

farmacia

farmacia

аптека

farmacia

lékárna

farmacia

apotek

farmacia

apteekki

farmacia

ljekarna

farmacia

薬局

farmacia

약국, 조제

farmacia

apotheek

farmacia

apotek

farmacia

apteka

farmacia

farmácia

farmacia

apotek

farmacia

ร้านขายยา, ร้านขายยาหรือเครื่องสำอาง

farmacia

eczane

farmacia

cửa hàng dược phẩm, nhà thuốc

farmacia

药房

farmacia

Аптека

farmacia

בית מרקחת

farmacia

SF
1. (= ciencia) → pharmacy
2. (= tienda) → chemist's (shop), drugstore (EEUU)
farmacia de guardiaall-night chemist's

farmacia

f. pharmacy, drugstore.

farmacia

f pharmacy, drugstore
Ejemplos ?
Cuando Carlos, a las once de la noche, volvió de la farmacia adonde había ido después de la cena, para devolver lo que sobraba del diaquilón, encontró a su mujer de pie al lado de la cuna.
Pero la farmacia rebosaba de gente y le costó mucho trabajo deshacerse del señor Tuvache, que temía que su esposa tuviera una pleuresía, porque tenía costumbre de escupir en las cenizas; después, del señor Binet, que a veces tenía unas hambres atroces, y de la señora Caron, que sentía picores; de Lheureux, que tenía vértigos; de Lestiboudis, que tenía reúma; de la señora Lefrançois, que tenía acidez.
La Correspondencia lo decía: «Don Miguel Bustamante, alumno de la facultad de Medicina; Don Pedro Pérez, de la de Farmacia, y Don Antonio Gómez, de la de Ciencias, han sido desterrados a Guadalajara a consecuencia del escándalo del Teatro Real, de que ya dimos cuenta a nuestros lectores».
Volvieron, pues, sobre sus pasos y llegaron por un atajo a la calle de la Fortuna, escuchando distraída mente al cicerone, que al pasar por delante de cada casa la llamaba por el nombre que le ha sido dado después de su descubrimiento, debido a alguna particularidad característica: la casa del Toro de bronce, la casa del Fauno, la casa del Buque, el templo de la Fortuna, la casa de Meleagro, la taberna de la Fortuna en la esquina de la calle Consular, la academia de Música, el Horno público, la Farmacia, la consulta del Cirujano, la Aduana, el alojamiento de las Vestales, el albergue de Albino, los Termopolios, y así hasta la puerta que conduce a la vía de las Tumbas.
Al farmacéutico le zumbaron los oídos hasta el punto que llegó a temer una congestión; entrevió profundos calabozos, su familia llorando, la farmacia vendida, todos los bocales esparcidos; y tuvo que entrar en un café a tomar una copa de ron con agua de Seltz para reponerse.
Pero delante de la botica se veía un montón mucho mayor, y que sobrepasaba a los demás con la superioridad que un laboratorio de farmacia debe tener sobre los hornillos familiares, una necesidad general sobre unos caprichos individuales.
Cuando comuniqué esta nueva a Luis casi sufrió un síncope. Le hice entrar en una farmacia, le froté las sienes con vinagre y, a la salida, le insulté: -¡Cobarde!
En fin, si la farmacia abierta al primero que llegaba, era el lugar donde mostraba su orguIlo, el la leonera era el refugio en donde, concentrándose egoístamente, Homais se recreaba en el ejercicio de sus predilecciones; por eso el atolondramiento de Justino le parecía una monstruosa irreverencia, y más rubicundo que las grosellas, repetía: Sí, de la leonera.
Él había meditado la frase, la había redondeado, pulido, puesto ritmo, era una obra maestra de prudencia y de transiciones, de giros finos y de delicadezas; pero la cólera había vencido a la retórica. Emma, sin querer conocer ningún detalle, abandonó la farmacia, pues el señor Homais había reanudado sus vituperios.
Con la cabeza, por otra parte, más llena de recetas que su farmacia lo estaba de tarros, Homais destacaba en la elaboración de gran número de confituras, vinagres y licores dulces, y conocía también todas las invenciones nuevas de calentadores económicos, además del arte de conservar los quesos y de cuidar los vinos enfermos.
Cuando llegan a donde debería estar la casa, Manuel le dice, ―aquí es―, es una casa muy grande, no se puede perder, es el número 65, se ve la casa que con el número 63 y la casa siguiente está en la otra cuadra, se adelantan con el coche y ven que es el 67, ―te digo que me fijé bien―, Rebeca se baja del coche, ―bueno, ya deja buscar el famoso 65, que bueno que no es 66, ¿eh?, si fuera, ni lo buscaba―, dijo sonriendo, subieron al coche y se detuvieron en la farmacia.
Justino salió sin rumbo, por la carretera. El señor Homais dejó su farmacia. Por fin, a las once, no aguantando más, Carlos enganchó su caballo, saltó al pescante, fustigó al animal y hacia las dos de la mañana llegó a la «Croix Rouge».