estúpidamente

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estúpidamente

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Ejemplos ?
Es imposible que una nariz se extravíe así, estúpidamente», pensó, y entró en una pastelería, con el solo fin de mirarse al espejo.
La noche de nuestra llegada caes enfermo con esa temible fiebre baja estúpidamente llamada influenza; tu segundo, si no tercer, ataque.
—¡Es muy raro, muy raro, muy raro! —se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas...
¡Cuánta envidia causaréis con vuestros ímpetus de divinas iluminadas a los hombres débiles, a los hombres mansos que forman el esquilmado rebaño que baja estúpidamente la cabeza cuando siente en sus lomos el ultraje del fuerte!
Ningún espectador podría olvidar nunca aquel espectáculo, y Ammi se quedó mirando estúpidamente el camino que habla seguido el color hasta mezclarse con las estrellas de la Vía Láctea.
También me pregunto si los vecinos recordarán, como yo, los tiempos en que veníamos los dos juntos de la iglesia .... y pensando estúpidamente en estas cosas me paso triste todo el día.
Y el baratero: —Mi día llegará, oh falsa sociedad, oh sociedad incompleta y usurpadora, y llegará más pronto por tu culpa; porque mi cadáver será un libro, y un libro ese garrote vil, donde los míos, que ahora le miran estúpidamente sin comprenderle, aprenderán a leer.
Y estúpidamente, rutinariamente, se había casado él, sujeto quizá a la casa de los señores de Ramos por lo que en ella quedaba del ambiente y del perfume de Marcela...
Por la otra parte, se presenta el periodismo de la oposición, esclavo grotesco y mal educado; que gasta su tiempo en quejarse, en lloriquear y en pedir gracia; que a cada escupida que recibe, a cada bofetada que le propinan, dice: vosotros os comportáis mal conmigo, no sois justos, no he hecho nada para ofenderos. Y replica estúpidamente a las acusaciones que le dirigen como si se tratara de cosas legítimas.
Ahí siguió una escena grotesca en que sin poderme dominar y llorando como una mujer, abrazado a aquel jayán, casi desconocido para mí, le conté la atroz impresión que me había producido su horrible clientela, y le supliqué que me asegurara que no estaba enfermo, que no me volvería loco, y en que con frases estúpidamente sentimentales le supliqué que me permitiera enviar un pintor a su casa para obtener una copia del cuadro.
No teniendo noción de cuando volvería, decidí matar el tiempo aspirando estúpidamente el humo de mi pipa mientras fingía leer la Vie de Bohème de Henri Murger.
La libertad, que estúpidamente hemos aprendido a esperar como un don de los hombres, está en nosotros, nosotros somos la libertad.